miércoles, 25 de marzo de 2026

MANIFIESTO NALGAÍSTA. ALELUA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA, por Efraín Huerta






 Para ella, que me mira morir...



El gran río penetró la roca viva

y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo

se hizo rayo se ruina se hizo tonto esqueleto

y hoy padece a lo largo de las pieles de tigre

a la orilla del cocodrilo que me sueña

y me hunde en el naufragio

de su carne tan blanca

oh carne nacarada en medio

de la arena

                        como tú

y estas dos medallas de oro que muerdo

dalias de vida y martirio

y en ellas me retrato y consigo el descenso

al dulce infierno de tu vientre

y de nuevo los dientes

                                        ah malditos

ah maldita tú también

Larga bestia ululante despierta lengua

en aquel círculo de asesinos

(Pierde toda esperanza

                                        amor mío)

de almas danzantes albas

cool cool cool cool jazz

                                ¡Bríndamelo por fin!

Aleluya aleluya magnífico Grijalva

muerto de frío de rocas y pañuelos rojos

Piérdete

Adelgazate hasta la soledad

De los cocodrilos que agonizan

Al pie de mi medio siglo

                                y de mi alcohol

cohol cohol cohol cohol jazz

cool cool cool cool jazz

marinera manía

de pintar escribir declamar pagar impuestos

luz renta etcétera

                                 y luego abrazarte

bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas

y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo

y aleluyarte hasta no sé cuándo

dormida y abrumada purificada

                                                        putificada

¡Aleluya! ¡Aleluya!

poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas

poetas inmensos reyes del eliotazgo

baratarios y pancistas

grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa

perdónenme grandes y pequekísimos poetas

(Soy acaso el hijo de Sánchez de la poesía

¡Peralvillo Tepito Incorporated?

Alors los invito a discurrir

pespunte limpio

por el nuevo Paseo la Anti-Reforma)

 

 

 

NACIMIENTO Y APOTEOSIS DEL NALGAÍSMO

 

Oh Fuensanta ¿no hacemos cuchi-cuchi

a la orilla del mar?

                                Porque el mar...

Aguárdame Grijalva

permíteme ser sueño y ser la vida

lo derecho es lo derecho

y los sueños sueños son

y la vida

¿vale acaso la pena de vivirla?

            Ahora verás río de sublime dorso

encañonado como yo encoñado

río maldiciente como águila maldita

yo con cara de yerba

herbazal sin origen

territorio cavado

                                hijo desobediente

triste y amarga paternidad de más de cuatro

ésta es mi escuela

                                la acabo de fundar fundillar

erigir erectamente sin cimientos

con el semen simiente

del verso verso verso versus

contra mi propia voluntad pero a mi gusto

Hoy nace (digamos y cantemos aleluyas de espanto)

 

 

 

EL NALGAÍSMO

 

Nalgaístas de todos los países subyugados

¡OEA OEA OEA OEA uníos!

Así pues como los cocodrilos empantanados

alma mía de cocodrilo

claro está que soy hijo de una paloma azul

y un ancho saurio de dorado sexo

Nalgaísta hasta la médula de los huesos

                                                                    (dije huesos)

hasta la marchita desesperación

hasta los hígados

                                Así me tienes

a tus pies rendido

pequeñamente de ladito como el oficiante

de los fracasos rey amargo

pero no lo digáis

                            no digáis

que agotado mi tesoro...

                                        tampoco

tampoco la toquéis

ni con el pétalo de un maguey

                                                Dejadla

                                                            qué demonios

así es la rosa así es la cosa

así son de redondas y luminosas

y así es

...bastará citar el caso de mi tía la segunda.

Visiblemente dotada de un trasero de imponentes dimensiones, jamás nos hubieramos permitido ceder a la fácil tentación de los sobrenombres habituales; así, en vez de darle el apodo brutal de Ánfora Estrusca, estuvimos de acuerdo en el más decente y familiar de la Culona. Siempre procedemos con el mismo tacto...

Una nalga es una nalga una nalga es una nalga una nalga

No voy al paraíso ni al infierno

yo voy directamente al Nalgatorio

                                                        oh cielos

Oh vértigo estridente ladrido

largo mugido verde penetrante zurear

lanza oh lanza tu lancero

                                            lengua

víbora viborilla de la mar

benditísima fuente de milagros

ultimadamadremente

Fuensante

                    ¿hacemos cuchi-cuchi?

Verde es el color de la esperanza

                    por arriba

sabrosa la entrepierna de la amada

                    por abajo

veo negro veo violetas en tu axila

                    por rriba

cervatillos tus dedos en mi espalda

                    por abajo

por arriba carajo por atrás

(salomónico estás

Es no cojo...)

por delante por atrás retrasados

emputecidos nalgaístas

                                        ya lo saben

al que no le parezca

                                        por arriba

que se vista y se vaya o que se venga

                                        por abajo

Río arriba río abajo a todas horas

mi carcajada es homérica y casi montesdeóquica

y después oh después el ratito

voy a decirlo en paz

                                        secretamente:

Me duele el pensamiento coño

cuando pienso

y cuando quiero coger

                                        no cojo

¡y a veces cojo sin querer!

Agonía agonía Hermana Agonía

Hermano Leche Hermano Asno Hermana Agua

... y cerrando los ojos

                                le di

                                        ¡por detrás!

Pues las hay de diversa categoría diversas luces

imagénes metáforas

—mentáfora callada,

ensimismada, ay, mamada mía,

nálguida perla de dolor—;

hay la que nos duele con sólo mirarla

la que nos arde  hasta el grito

la que nos llama como cadencia-espuma-esperma

la que nos roza el alma

y nos acuchilla la respiración

la vibrante infinita

                                frutal

manglar con mil raíces

metidas hasta la entraña del río;

la dulce nalga que murmura y canta

la que nos huele a leguas

la que es ancha y ajena

Hoy vi una

                        nostálgica

que arrastraba miradas como violines

(en realidad no era una nalga sino una guitarra

de redondos acordes canallescos y cínicos)

y vi otra que parecía un mundo

de odas un horizonte de sonetos

un par de enardecidos endecasílabos

Dos piedras de sol agobiadoras

y feroces

                De verdadera orgía palabra

de rebelión y carajazo y medio

de entrada por salida

            por arriba

de aturdirse y venirse

            por abajo

de ardiente arremetida

            por arriba

de llegar y no irse

            por abajo

Algo así como una nalga constelada de estrellas

para escribir en ella los versos más tristes esta noche

 

Las hay para cagarse

y andar a tientas

                                (¿voy bien o me devuelvo?)

como en el bosque más oscuro

allí donde la orquídea negra

se dispone a mordernos la boca

y hacernos polvo de amor esta maldita lengua.

Otra que semejaba el principio del mundo

el origen de sus hermanas

                                                el Culismo en persona

la diafanidad de un crepúsculo

y la secreta voluptuosidad de la lluvia en el alba

Era soberbia como una espada de pie

—espada como labios—

como la punzante melancolía

melanculía melanculía

                                        melancúlico estoy

Fuensanta mía

Venía de otro país

                                de  una lejana esencia

y clamaba en el desierto

pidiendo a versos ay gimiendo

llorando a besos ay chillando

por un esbelto arado y dos espesos bueyes

que la dejaran para siempre muerta

de un millón de agonías...

Hubieron de cogerla (cogérsela) a tiro limpio

y exprimirla como a un mar de lujuria

y darle darle darle

                                    y aniquilarla

y romperle el alma

                            contra

                                    los horizontes

                                                de la vida

 

Las hay también:

Arrebatadoras, tocando a rebato

—esquilas, esquilones, esculonas—,

a tambor batiente, marciales,

para desfilar, heroicas,

(creo que hasta les debo la costumbre

culonamente insana de hablar solo),

rugidoras, apocalípticas

como alas de águila

como leonas en celo

como osas tragadoras de carne

como tigresas de cuatro ojos

con cuernos, con garras,

desgarradoramente selváticas

como helechos de húmeda dolencia

por el río lejano

                                    hastiado

(Estoy cansado de ser río,

sucede que me canso de ser río...)

Las hay también

anaberthaléperas

como la desmadreporización del mundo

inmensamente yogas

hijas del ensueño

carne color del sueño

perfil alado de la carne

(Veinte, veinte kilos de amor

y una succión desesperada...)

 

 

 

CLÍMAX LÚBRICO PARA POBRES DE ESPÍRITU

 

Ahora muévete

amargamente blanca ola

despacio anhelo mío piel y palabra

dorso rotundo y musical

como quien musitara

                                        la primera oración

Crucificado estoy muslos de leche

vientre de furia y lluvia

trasero de penumbra

            —beso beso—

nuca de plata cabellera sombría

Crucificado

                    así como tú quieras

pero despacio amor amor despacio

duele el alma duelen las uñas y los dientes

y arde todo a lo largo

y lo ancho deste vencido

y ebrio y estremecido culo

                                                    ay amor

                                                    ay amor

Hendidura de mármol mar y miel

mirífica agua dulce

río brillo de luna en dos partido

oh divino antisexo

                                    sexy sexy

¡excítame! ¡delírame!

sube y encima exprímeme

Oh divi divi divi

                                libi libi libi

libidinosamente

                                absurdamente

                    (digo es un decir)

a tu coral

                    inclínase el rosal

del agapando recio tallo

precipicio de sangre

marasmo y páramo

oveja y rayo trigo y relámpago

Alma y acantilado

coral-rosal

                        escúrreme de rabia

Baal Baal ¿por qué me has abandonado?

 

Los ángeles no tienen espalda

no no que no la tienen

Pero a cambio

qué trasero de nubes

qué dos liras qué melodías que melodías

—cristalinas de azúcar mermelada divina—

se poseen en el vuelo de una guarda a otra guarda

Ángel mío de mi guarda

                    hoy me tocas

                                                Pero

amigos: Tuérzanle el culo al ángel

de engañoso trasero

                                        porque al fin...

Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos

                por abajo

nadie tendrá derecho a lo superfluo

                por arriba

mientras alguien carezca de lo estricto

                por abajo...





viernes, 20 de marzo de 2026

Piel de Chan (Por Tlacaelel Marin Villafaña)

Desde temprano la casa quedó vacía. La rutina de hace cuatro meses había transcurrido con normalidad: mi papá en la cocina discutiendo con mi mamá. Molesto, le recriminaba que ella siempre tiene que solapar mis berrinches y huevonada. Luego, mi hermana distante y condescendiente, acusándome de ser el único culpable de las peleas entre nuestros padres. Siempre la escuchaba estoico, envuelto en mis sábanas, silencioso. Tan pronto la oía a acercarse por la mañana, lista para empezar con sus reclamos, me envolvía en las sábanas y le daba la espalda. Ella empezaba a hablar y yo la dejaba soltar su retahíla repetitiva. Todos los días apretaba mis dientes y contenía las ganas de contestarle, pero esta vez agregó algo nuevo y me dijo: “No te hagas pendejo, sabemos que te masturbas en la noche. Todos escuchamos tu pinche ruido, puerco”. Y mi silencio terminó. Ya no pude contenerme más y tampoco quise. Aventé las sábanas a patadas y me paré indignadísimo... Le grité. No recuerdo muy bien qué, pero su respuesta fue dar media vuelta y salir con un gesto de indignación de mi cuarto (y cuarto es un decir, porque tres de las paredes son roperos).

Después de eso volví a meterme a la cama, feliz de la pequeña victoria. A través de uno de los roperos alcanzaba a escuchar a mi papá decir que yo no me contentaba con ser un nini, sino que encima hacía más de cuatro meses que no me dignaba a salir ni a la esquina. Eso era francamente una mentira, tenía justo cuatro meses, había llevado la cuenta en mi cabeza como parte de mi bitácora.

A las 7:30 la casa al fin quedó vacía. ¡Libertad!, ¡libertad!, pensé, aun envuelto en mis sábanas, inmóvil hasta estar seguro de que nadie iba a regresar. Finalmente me paré y vestí frente al único espejo que teníamos, uno grande y con un marco de madera, regalo de mi abuela. Estar ahí, parado frente al espejo siempre era un proceso doloroso, pero necesario. Revisaba mi reflejo palpando con las yemas, y me parecía frustrante que nadie fuera capaz de notar que el del reflejo no era yo. Varias veces le había pedido a distintas personas que me miraran atentas y dijeran si veían algo extraño en mi piel, si no se me estaba cayendo o pudriendo, si no era como si me quedara mal, pero siempre me daban respuestas negativas. No seas tonto, esa es tu piel, me decían. Era como si no lo notaran o no lo quisieran notar, o estuvieran ciegos. No seas tonto, esa es tu piel, era lo único que sabían responder todos. Esa es tu piel, esa es tu piel, esa es tu piel… Finalmente terminé por resignarme. Sólo yo podía ver y entender lo que le pasaba a mi no-piel. Empecé a llevar el registro de lo que le pasaba a esta cosa que de ninguna manera podía ser mía... Había veces que no lo soportaba y terminaba por fastidiarme y arañaba o soltaba puñetazos contra el pellejo que traía encima y que todos burlonamente insistían en que era mi piel. Atacaba a mis mejillas y mi vientre, una y otra vez, hasta sentirme satisfecho, libre y sano. En cualquier momento la piel que golpeaba iba a desgarrarse como tela y yo sería libre. Pronto podría quitármela.

Terminada la revisión fui a desayunar. En la estufa mi papá había dejado un pocillo con café frío. Desde que mis compañeros de escuela me habían hecho dar cuenta de que esta no podía ser mi piel, había empezado a tener la misma pesadilla, noche tras noche. Así que dormía mal y despertaba empapado en sudor, como si me derritiera por dentro, sofocado de no poder salir de esta cosa grasosa. En la pesadilla yo estaba sentado en un pupitre, solo, hasta que de repente aparecían monstruos ataviados con pieles humanas danzando entre cocodrilos y hermafroditas. Yo los miraba espantado y luego feliz. Sin darme cuenta echaba a correr hacia ellos y me unía al baile, pero de repente todos, monstruos, hermafroditas y cocodrilos empezaban a reír. Yo me petrificaba y veía que me señalaban.

Tomé el café y salí a pasear por la azotea. Me asomé a la calle y vi a la gente que pasaba. Me preguntaba si alguna de esas personas podría ver lo falso que era este pellejo si saltaba frente a ellas y les decía ¡mírenme! Quiza... responderían lo que todos... Empezaba a calentar el sol cuando me escondí en el cuarto que mi papá nunca pudo terminar. Era uno de mis lugares favoritos porque sólo ahí podía ver a las vecinas lavar su ropa. Ahí, en cuclillas, me gustaba ver los tendederos llenos con sus pantaletas al sol, su pecho mojado, sus muslos descubiertos. Estuve ahí como lagarto mucho tiempo, hasta que me aburrí. Estaba fastidiado de la casa, del encierro, de mi hermana, de la manera en que mis padres y todos insistían en engañarme diciendo que mi piel era real. Estaba tan fastidiado que quise volver a salir.

Caminé sobre la banqueta nervioso, decorosamente enfundado en ropa holgada y gruesa, quería ocultar lo más posible mi falsa piel. Tenía miedo de que se repitiera lo de la escuela, de que alguien me viera y me dijera lo mismo que mis compañeros. Algunas veces que creía que ya no iba a poder soportarlo y arrancaría mi piel para brincar sobre cualquier persona y desollarla, listo para vestirme con una nueva piel, como si fuera Xipe-Totec. Muchas veces había espiado a mi hermana mientras se vestía para ir a la escuela, imaginando que le arrancaba la piel que caía a girones lista para ponérmela y danzar con ella puesta, feliz, muy feliz, porque ya nadie señalaría mi pellejo lacerado y quemado, y entonces todo sería mejor y podría regresar a la escuela.

Llegué al bosque Tlahuac y me puse a merodear por los estanques. Estar ahí, tan cerca del agua, mirando a los patos y respirando el aire fresco de los árboles, me hacía sentir tranquilo y en paz, como cuando mi abuela contaba por qué nos apellidábamos Chan del agua. Di varias vueltas por los estanques, me preguntaba si podía meterme y nadar con los patos, hasta que escuché una risa. Alguien lo sabía. Busqué nervioso a la persona que reía, hasta que escuché más risas. Todos lo sabían. Todos sabían lo que había debajo de mi ropa, todos sabían que esta piel empezaba a pegárseme y se burlaban igual que en la escuela. Las risas no dejaban de sonar. Eché a correr histérico, con las risas persiguiéndome acompañadas de miradas apabullantes, de dedos que me señalaban secretamente, de voces que murmuraban divertidísimas. Todos me seguían.

En mi huida derribé a una muchacha. Ella empezó a quejarse del golpe. Algunas personas nos miraron- Ella me decía que me fijara, pero yo lo sabía, ella también se había dado cuenta de mi piel. Entre sus reclamos escondía burlas, como si tuviera dos voces. Notaba sus murmullos entre sus gritos. Se reía de mí, se reía de mi falsa piel que cada vez se me pegaba más. No te engañes, pronto no te la podrás quitar, decía. Me levanté y eché a correr, esquivando a las personas. Todos ahí se habían dado cuenta. Salí corriendo del bosque. Atravesé calles y esquivé personas y carros que pitaban cuando me atravesaba. Sólo quería llegar a casa. Las risas, las burlas secretas, me perseguían.

No me detuve hasta que llegué al zaguán de mi casa. Me quedé ahí, jadeando, recargado contra la puerta con las piernas temblorosas, rascando con fuerza mi brazo, y sin querer empecé a llorar.




*Relato publicado originalmente en la revista digital Poetripiados en 2021. Esta versión presenta correcciones.

Rayo de luna, por Bernardo Couto Castillo

Bernardo Couto Castillo (1879-1901). Escritor mexicano y modernista, fue el infante terrible mexicano por antonomasia junto a Tablada. Colaboró en varias revistas y periódicos, en los que su producción narrativa se dispersó. Autor de un único libro titulado Asfodelos.

    Rayo de luna se publicó originalmente en El Nacional bajo el título "A la luz de la luna (Pesadilla)" en 1897, número 3. Posteriormente fue coleccionado en Asfodelos con algunos cambios en el relato.







Rayo de luna



Para Amado Nervo

Para el barón Salvador de Maillefert


Estoy en un hospital de alienados. Todo mi síntoma, toda mi locura es declarar lo que he visto e insistir. Ninguno como yo comprende lo extravagante y lo inverosímil de mi narración; yo mismo he dudado y me he creído juguete de una alucinación; pero siempre, después de muchas dudas, he llegado a la misma conclusión: mi narración es cierta, terriblemente cierta, y de ella me ha quedado una impresión de espanto presta a despertarse a cada momento. La noche silenciosa y melancólica; la noche en la que antes gustaba vivir sintiéndome solo y despierto cuando los demás dormían; la noche consejera llena de murmullos silenciosos y de encantos apacibles; la noche antes querida, me es hoy odiosa. Todo ruido, todo movimiento, las carreras de un ratón, el aleteo de una mosca, una puerta crujiendo, un soplo de viento, los gritos dolorosos o desesperados de los locos, todo me causa sobresalto y me inspira angustia porque creo que ella vuelve.

        ¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, ni quién lo sabrá jamás! Nada sé, nada puedo explicar sino que aquello ha sucedido y me ha dejado una impresión inolvidable que probablemente me conducirá a la locura.

         Era en la noche, en diciembre. Yo había trabajado muchas horas y al fin la fatiga me rendía. Todo estaba en silencio, un silencio de tumba; todo estaba oscuro: una oscuridad de muerte, y sólo la luz amarillenta de mi pequeña lámpara hacía brillas el papel. A uno lado, el reloj latía contando la marcha del tiempo y llenándome de alegría. Dentro de mí todo estaba también en calma; sólo mi corazón, los latidos de mi corazón respondían como un eco al tic-tac de la pequeña máquina.

        Dejé mi mesa para entrar al lecho, y como apagara la luz, todo quedó negro y cerré los ojos esperando dormir. Una hora, dos horas pasaron así en el silencio y la oscuridad; un calor sofocante me devoraba, y abriendo los ojos, busqué la luz... todo estaba negro, todo oscuro.

        Inmóvil, comencé a pensar. La oscuridad, la noche, el silencio, todo me conmovía y me inquietaba sin saber por qué. Un terror estúpido de lo misterioso se apoderó de mí: el silencio, la noche, la oscuridad, ¿es que acaso no eran la muerte? ¿Vivía yo?

        ¿Existían el movimiento, la luz, los hombres? ¿No vivía tan sólo en un sueño? Yo mismo reía de mis necias preguntas y escuché... Nada, un silencio completo. Fijé aún más mi atención esperando sorprender un murmullo lejano, el aleteo de una mosca, el tic-tac de mi reloj... el mismo silencio, nada llegaba a mí y pensé en la muerte universal, en la ruina del mundo. Me creí solo, horriblemente solo, y entonces quise escuchar los latidos de mi corazón... tampoco, todo estaba en silencio, todo dormía, mi soledad era completa.

        Mi angustia iba creciendo, cuando la luna salió, y una luz clara, tranquila, diáfana, llenó mi cuarto; los rayos más brillantes caían sobre un gran edredón rojo que en mi sueño había dejado caer y que extendido parecía recibir el sueño de la luminosa, vieja de muchos siglos.

        Por la ventana veía brillar miles de astros que dejaban caer sobre la Tierra su ceniza de oro, y la nieve brillaba como un inmenso manto de plata; en los árboles, sobre sus ramas erizadas y secas, reposaba algo como inmensas botas transparentes. Yo me sentía alegre, contemplé largo rato el rostro de la luna, recorrí las estrellas, y nuevamente enamorado de la noche, volví a la tranquilidad.

        A la tranquilidad no, porque ignoro la influencia que sobre mí operan las bellas noches; el caso es que por completo me cambian; siento mi cuerpo más ligero, mi inteligencia más alerta, mis sentidos y mis deseos más despiertos, y al mismo tiempo lleno de curiosidades pueriles.

        ¿Qué seres morarán en esos astros, para nosotros fuegos de hermosura hechos para alumbrar las noches de amor? ¿Tendrán poetas, cantarán historias, serán felices? Cuántas cosas pensaba, mirando sus luces que me atraían, y cuántos deseos sentía de salir, aspirar el aire perfumado, hundir mis pies en la nieve, y así, caminar muchas horas como lo había hecho otras veces, con la mirada fija en las estrellas, el ánimo tranquilo, la mente despierta, sintiendo deseos de amar, de amar bajo la radiosa claridad de la luna.

        Entonces, ¡ah!, lo que entonces pasó, cómo describirlo, cómo expresar lo que sentí, el espanto que me causó escuchar un suspiro, muy lento, muy prolongado, muy largo. Si no hubiese estado en mi lecho, seguramente me hubiera desplomado, de tal manera me sacudía y temblaba; pero mayor fue mi espanto y más grande mi angustia, cuando al volver el rostro —no sé cómo tuve valor— vi, ahí, extendida sobre el edredón rojo, una forma blanca, una forma de mujer a quien los rayos de la luna bañaban.

        Después de mi primer espanto creí engañarme y volví los ojos al suelo mirando con atención... no, no me engañaba! Una mujer vestida de blanco, con los cabellos sueltos, parecía dormir; veía perfectamente el latir pausado de su pecho, y a mí, a mis oídos llegaba su respiración suave y tranquila.

        Yo quedé sin movimiento, sentado en la cama —no sé cómo me había incorporado— apoyado sobre un brazo y mirando, mirando inmóvil de terror; mirando sin pensar en nada, casi sin darme cuenta, tal era mi abrumamiento de lo que pasaba; viendo una figura blanca, una figura de mujer destacándose sobre el rojo del edredón que se hundía bajo el peso del cuerpo.

        Un suspiro prolongado, muy largo y muy penoso, más largo, ¡ah!, ¡sí!, que el primero; un suspiro; un suspiro que hizo pasar por mí, por todo mi cuerpo, por mis huesos, por mi sangre, por mi piel, algo que no puedo definir, algo, ¡oh Dios!, que aún no sé cómo no me mató.

        La mujer había abierto los ojos y me miraba fijamente, aunque con indiferencia; parecía ver y no mirar; en su expresión había tristeza, una gran tristeza, y su palidez era grande, tan grande como debía ser la mía. Sus ojos se clavaban en los míos, nuestras miradas se encontraban; las de ella tranquilas, las mías... yo no sé, ni podre nunca saber cómo eran las mías. ¡Ah!, ¿quién podrá expresar la horrible opresión que yo en ese momento sentía? ¿Quién podrá comprender el terror producido por las miradas fijas de un ser —¿era ser?—, qué era, qué era?, ¡oh, Dios!... Pretendía hablar, dirigirle la palabra, interrogarla tal vez, y de mi garganta sólo salían sonidos casi imperceptibles.

        Volvió a suspirar con más pena que antes; su suspiro era más, cada vez más prolongado —ese suspiro duró una eternidad para mí.

        ¿Cuánto tiempo estuvimos así, ella con los ojos fijos en mí con indecible expresión, y yo viéndola inmóvil, sin poder hablar? Para mí fueron muchos años de sufrimiento; mi corazón latía violentamente y después parecía muerto; sentía un frío horrible y por mi frente corría el sudor.

        Luego la luz que la bañaba desapareció, quedó todo en tinieblas y ella ahí; yo no la veía, pero la sentía, la adivinaba tendida a mis pies, mirándome con sus grandes ojos exageradamente abiertos.

        Se levantó; yo la sentí, yo vi su manto blanco ir a la ventana; luego nada, silencio, oscuridad y terror, un gran terror en mi alma.

        Sin saber por qué impulso llevado salté del lecho, grité con todas mis fuerzas, con mis fuerzas antes muertas, y las gentes de la casa acudieron en tropel, mirándome asombradas.

        Hice recorrer toda la casa, escudriñé mi ventana colocada a gran altura; todo, todo estaba cerrado, nadie podía haber pasado por ahí, nadie, nadie, nadie!

        Esperé el día lleno de impaciencia y de terror, sin querer volver a mi cuarto; lo esperé paseándome de un lado a otro y conteniendo con las manos mi corazón para que no saltara, porque hería, golpeaba como si quisiera salirse. ¡Oh!, la noche atroz, la larga noche, inmensa, eterna!

        Al fin el día llegó, yo lo esperaba como se espera a la salvación; con él me llegó la tranquilidad; pensé en un sueño, en una alucinación y volví a mi cuarto.

        Lo primero que a mis ojos saltó fue el edredón rojo extendido... el edredón rojo que conservaba las señales del cuerpo reclinado sobre él y que los rayos de la luna habían bañado.

        No pude más, lanzando un grito, perdí el conocimiento.

        Después me han traído a esta casa, a esta casa de loco, y yo no lo estoy; he visto con mis ojos, los suyos grandes, fijos en mí; he escuchado sus suspiros prolongados y penosos. No estoy loco, no... y pensar que esa mujer puede volver aquí, a esta casa!

        No estoy loco, no... La noche me es odiosa; cuando la veo llegar tiemblo... y ella puede volver aquí, tal vez cuando la luna vuelva.