Para mi padre y madre
Era una mañana como todas las mañanas: sin triunfos a la vista, con la única variable del número y mes sobre el calendario. Sentado en la sala y con el brillo del teléfono sobre la cara, Fulan revisaba las ofertas de trabajo, saltando de una en otra, pluma en mano, mientras escuchaba el ruido de la televisión donde no dejaban de pasar las mismas nuevas noticias de siempre. No importaba qué canal pusiera, qué noticiero más confiable y sin miedo a decir la verdad sintonizara, nada cambiaba, sólo las voces y caras de los conductores, y por momentos era como si nisiquiera eso fuera diferente y todas esas caras fijas en la pantalla, fueran la misma masa de carne que chorreaba palabras mecánicas.
Fulan arrastraba la mirada por la pantalla del teléfono, saturado por el susurrante sonido de batir de alas que lo llevaban a recordar su imagen deteriorada día con día frente al espejo del baño del trabajo, el mismo espejo durante años, la misma cara, cada vez más vieja y cansada, los mismos ruidos de alas, cada vez menos esperanzadores. Ahora estaba hastiado y cansado, hastiado de los días consecutivos, cansado de las noticias y la vida circular, de buscar esterilmente trabajo mientras se estrellaba con la monotonía del día, de llenar su CV con su vida reducida a su experiencia laboral para chocar con las mismas respuestas que casi podía repetir junto al entrevistador en turno:
—Gracias por venir, nosotros le llamamos.
Fastidiado de leer las ofertas de trabajo que, como los días, eran una fotocopia sin fin, finalmente decidió descansar mientras veía la televisión, “aunque fuera tan sólo un momento”.
—Eso es tan cierto, don Ricardo —vomitó entre risas, Margarita, conductora de noticieros A y cara de canal Cortés.
Fulan suspiró cansado. Otra vez canal Cortés hacía una entrevista al dueño de Grupo Cortés S.A, Ricardo Corés, nieto.
—Bueno, bueno, y ya que hablamos de eso, diganos por favor señor Ricardo, ¿qué consejo le daría a los televidentes? —agregó Margarita.
—No sabes el gusto que me da que preguntes eso. Camino acá, justo venía pensando que este país es muy rico y está lleno de oportunidades. Pienso que es mejor estar cansado de trabajar, que estar cansado de buscar trabajo. Hay que ser agradecidos.
Fulan bajó la mirada, pensativo. Esa entrevista era igual a una que habían transmitido hace medio año. En es entonces aun rentaba con doña Eduviges y él sentía que todo en su vida marchaba más que perfecto. Se sentía generoso y triunfador, veía su cara frente al espejo mientras se arreglaba para entrar a su turno y veía lleno de orgullo su gafete con su nombre. Iba al trabajo y volvía a su pequeño departamento, feliz, muy feliz. Pero, luego, un día Fulan llegó sonriente al trabajo y el gerente de tiendas Cortés lo detuvo en la entrada.
—Tenemos que dejarte ir —le dijo —Vamos don Fulan, usted sabe que así son las cosas. No se enoje. Es un recorte estratégico... Por favor firme su renuncia para que le podamos dar su liquidación.
Fulan recordaba cómo los primeros meses en que falló en el pago de la renta, doña Eduviges lo había mirado comprensiva y hasta le había dicho que no se preocupara, que así eran las cosas. Pero, con los días, los encuentros casuales por los pasillos del edificio o la calle se hacían incómodos. Doña Eduviges le sonreía y deslizaba palabras y sugerencias, según ella muy sutiles, sobre el retraso en la renta. Fulan intentaba hacerse el desentendido, luchar contra su propia vergüenza y sentimiento de ineficiencia como ser humano.
—Qué gusto verlo, don Fulan. ¿Cómo va eso del trabajo? —decía a veces doña Eduviges.
—Hola... qué gusto verla... Pues, verá, no me contrataron, no quieren contratarme por lo de la edad... pero le voy a pagar todo, se lo juro —respondía él.
—No, no, no se preocupe, no hace falta. Qué es un mes más o un mes menos. Usted tómese su tiempo, al fin y al cabo, casi somos familia, ¿no?
Al final la situación se tornó insoportable y entre los comentarios de doña Eduviges y las negativas de Grupo Cortés de darle su liquidación porque él había firmado su renuncia, Fulan se vio obligado a ir a pedir asilo a la casa de su hermana menor.
Ella lo recibió como él esperaba, con los brazos abiertos, una sonrisa fraternal y palabras de aliento y consuelo que lo hicieron sentir resplandeciente. Hasta la fecha él no tenía nada que reprocharle. Su hermana se había portado de maravilla, incluso mejor de lo que él esperaba o había podido imaginar, pero, igual que con doña Eduviges, él notaba el cansancio en su hermana y su familia con las constantes negativas de trabajo, de su poco dinero aportado a la casa.
—Y para terminar, las autoridades han reportado más casos de robo de ángeles de la guarda —dijo Margarita viendo fijamente a la pantalla.
—Qué horror —dijo Ricardo, y agregó —Por eso aprovecho el espacio para anunciar que Grupo Cortés tiene un nuevo servicio de extirpación de ángeles de la guarda para que los puedan guardar en una bella urna personalizada o con decorados de los programas más populares de nuestro canal.
—Qué maravilla, don Ricardo. Sin duda los espectadores agradecerán tan buena noticia.
—Lo mejor es que pueden estar seguros de que ese servicio tiene la garantía de estar respaldado por grupo Cortés.
Fulan se hundió en su asiento, perplejo y aterrado por lo que había escuchado. “Estaban robando ángeles de la guarda”. Ya había perdido muchas cosas en el monte de piedad donde poco a poco había visto ir desapareciendo sus pertenencias con cada “gran préstamo en pagos chiquitos”... Y ahora esto, y ahora se sentía en riesgo de perder lo poco que le quedaba, lo más intimo y personal.
Rápidamente apuntó los datos de la clínica que aparecían en pantalla y se lanzó a la calle en su búsqueda.
En el camino era atosigado por la idea de que allá afuera estaba el peligro y la soledad. Era una idea imlacable que sólo se detenía cuando Fulan se cruzaba con los hermosos anuncios que decoraban las calles de la ciudad y parecían hablarle: “Sea feliz, sea Carriso, compre pantalones Carriso”, “Usted es especial, usted merece un contenedor de ángeles Special”.
Cuando Fulan llegó a la clínica, se quedó viendola durante un largo tiempo. Era un edificio pequeño, pintado de blanco y con el logotipo de Grupo Cortés sobre una de las paredes.
Ya dentro de la clínica, Fulan se acercó tímidamente a la ventanilla mientras contaba repetidas veces su dinero. Temía haber contado mal y estrellarse contra una negativa. Miró una hoja pegada sobre la ventanilla, llena de precios. Y pidió la extirpación de ángel. La dependienta le preguntó si quería una urna personalizada o alguna de uno de los programas estrella de canal Cortés. Fulan meditó durante un tiempo, congelado en la helada vida, viendo los precios de la hoja, hasta que apretando su dinero, pidió la más económica.
“Lo importante es proteger al ángel”, pensó Fulan.
El proceso fue veloz. En poco tiempo el doctor se asomó por una puerta y llamó a Fulan. Colocó la urna cerca de la camilla y le explicó el procedimiento mientras le mostraba hojas con esquemas e imágenes de pequeños seres alados. Le aseguró que el proceso era sencillo y seguro, usando estas palabras todo el tiempo para finalizar sus explicaciones, como si fueran un mantra: Sencillo y seguro.
Fulan se desnudó, el doctor lo sedó y poco a poco, Fulan se fue quedando perdido en la oscuridad.
Cuando Fulan despertó, el doctor le entregó una urna cerrada y la llave de seguridad.
—Gracias por confiar en nosotros y en Grupo Cortés —dijo el doctor.
Fulan volvió feliz y aturdido, sordo por el estruendoso silencio de su ángel. Iba a la casa de su hermana, sumergido en la vida cotidiana que parecía girar a su alrededor, llena de gente, llena de anuncios y publicidad, llena de basura esparcida por las calles y llena de personas yendo y viniendo del trabajo. Fulan iba deseoso de poder presumir la urna a su hermana y descubrir por primera vez su ángel de la guarda ante todos.
Al atravesar la puerta de la casa, lo primero que pudo escuchar fue el ruido de la televisión que volvía a chorrear la voz de Ricardo Cortés.
—Yo no podía saber que la clínica era un fraude. Lo siento profundamente por quienes fueron y me disculpo, pero, carajo, tienen que aprender a revisar las cosas por ustedes mismos.
Atorado entre la puerta y su miedo, Fulan abrió lentamente la urna. Esperaba que todo fuera un error, que Ricardo estuviera hablando de otra clínica, que ahí estuviera su ángel, pequeño y contorsionado, pero la urna estaba vacía. Y mientras la televisión seguía chorreando palabras mecánicas y los anuncios inundando la ciudad, Fulan pensaba una y otra vez: así es esto, así es esto...
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