Arqueles Vela, máximo exponente de la prosa estridentista y el narrador por excelencia de esta vanguardia, nos legó una increíble obra narrativa donde una de las preocupaciones predominantes fue el juego del lenguaje y la implementación obsesivocompulsiva de neologismos. Y si bien es ampliamente conocido por su noveleta La señorita Etcétera y la antología editada por editorial horizonte y después por el Fondo de Cultura Económica en su colección Lectura Mexicanas: El café de nadie; también se desarrolló como un excelente cuentista con su obra Cuentos del día y de la noche.
De esta gran colección, recogemos para el corsarísmo esta gran relato.
Una aventura desconocida
Nuestra vida en los tiempos líricos era muy diferente: vivíamos al azar, sin argumento ninguno, gastando la víspera lo que ganaríamos al día siguiente, dejando para el día próximo lo que deberíamos haber hecho el día anterior.
—Nos distinguimos por lo que dejamos de hacer —decía el más filósofo de nuestros tiempos.
—Y por lo que deshacemos y volvemos a hacer... —agregaba el más humorista.
Vivíamos con regularidad, casi monótonamente: de la redacción del Ilustrado, al foro del Lírio; de los camerinos líricos, al Café; del Café a la calle; y, de cuando en cuando, a los cabarets, a disputarnos la última pieza de moda.
En aquella época no acertamos nunca a discernir el tiempo: nos levantábamos antes de tiempo y nos acostábamos cuando ya no era necesario acostarse. Se nos confundían las noches con los días y algunas veces salíamos con la cara de la noche, para el día siguiente. Algunas veces entrábamos a casa con una noche tan densa, que no podía amanecernos nunca.
Salíamos sin rumbo fijo, pero siempre llegábamos a alguna parte. Salíamos dispuestos a perdernos para siempre, desilusionados de la vida, pero siempre nos encontraba alguien y nos hacía retornar. Salíamos en busca del mal camino, decididos a malearnos, pero siempre se interponía la providencia conduciéndonos por el camino peor... Aunque, al final, la engañábamos, sobornándola, y nos quedábamos sin ir a ninguna parte.
Algunas veces vagábamos por las calles, haciéndonos los ebrios, sin haber bebido nada, tomados tan sólo de la jovial y pasajera alegría que nos impulsara; y, muchas veces terminábamos borrachos y tristes del puro alcohol que nos invitaban, creyendo que estábamos tomados de un deseo de embriaguez.
Muchos empezamos una vida, así... Pero pocos la seguimos. Algunos —Miguel Othón Robledo, el Vate Herrera, el Vate Frias— la terminaron así...
Los menos, contamos el cuento, porque empezábamos a embriagarnos sin estar tomados y ellos comenzaban a beber, después de haber bebido. Todos vivíamos nuestro desorden y del desorden. Pero nosotros lo vivimos más desordenadamente, contraviniendo con nuestra demasía desordenada, el orden del día y de la noche.
Aquella noche —la más noche de todas— salimos, Cas y Ruffo —que no podrán desmentirme porque ya murieron— con destino al café de las últimas horas de la noche.
Después del café dispusimos entrar, cada uno, a nuestra respectiva casa; y lo pensamos mucho porque era la empresa más difícil —yo tampoco podría desmentirlos— y la más arriesgada. Entrar a casa no significaba arriesgar la vida o la muerte, sino arriesgar el resto de la noche que algunas veces se echaba a perder, convirtiéndose en el día siguiente, con toda su claridad ordinaria.
No obstante, decidimos entrar a casa. Y nos despedimos.
—Bueno... Entonces... paso por ti... A buena hora... Ya tarde... —previno Ruffo.
—¡No! —respondí.
—¿Cómo... has hecho alguna nueva promesa? —preguntó—. Y, dándome unas cuantas palmaditas en el hombro, suponiendo que tenía intenciones de convertirme... agregó:
—Anda... Paso por ti, como siempre...
—¡No! —insistí.
Ruffo dio unos cuantos pasos para desandar el trayecto de su casa; y preguntó, en tono serio.
—¿Por qué?
—Porque... Esta noche no voy a dormir... —Dije. Ruffo rió y concluyó:
—Mira nomás... Qué razón. Nosotros tampoco...
—No... No es eso... —intervine. Es que no tengo donde dormir... Ni dinero para ir al hotel...
—Otra vez... —Apuntó Cas. —Pues a dormir con el muerto... Es el único desocupado...
Ruffo se registró los bolsillos, sin intenciones de sacar dinero. Ambos sabíamos estar seguros de no llevar dinero porque lo gastábamos de antemano; y siempre lo necesitábamos, al final, cuando creíamos que ya no servía, gastado todo, en todo y por todo.
Ruffo quedó un momento discursivo.
Después de comprobar que a ninguno de los dos nos importaba nada, no tener donde dormir, o, por lo menos, pasar la noche; entre riendo, dijo:
—Yo también estoy en el mismo caso... Así es que puedes ir a dormir a mi cuarto. Toma la llave...
Y se despidió.
Revisé la llave puesta en mi mano y la guardé juntamente con mi mano, en el bolsillo, sin soltarla, como si pudiera perderse entre la multitud de llaves que llevaba conmigo. Luego, me eché a caminar, distrayendo lo mejor de la noche para atrapar el sueño, que siempre llegaba cuando menso podía dormir... o cuando ya estaba despierto.
Tras de andar a lo largo y a lo ancho del tiempo, me encaminé hacia el cuarto de Ruffo, por las calles de Bolívar.
Enseguida de haber acumulado, en la noche, muchos motivos para dormir, subí las escaleras contándolas simultáneamente para no equivocarme de piso y no despertar las sospechas de la casera, dueña de la asistencia.
Ruffo me había dicho:
—Subes 27 gradas y después de atravesar un pasillito; a la izquierda, al subir dos escalones más: en la puerta de la derecha... Allí es...
Llegué frente a la puerta localizada y la abrí abierta hacia dentro con el ruido natural que hace toda puerta cuando la abre alguien que la conoce; y entré súbito, entre la oscuridad en desorden de la habitación.
Aunque la puerta se abrió fácilmente con la llave, temiendo haber entrado en otra vivienda, busqué el encendedor tacteando en las paredes llenas de retratos y floreros. Pero nunca supe como era el cuarto de Ruffo porque no pude encontrar el encendedor, y, temeroso de romper algún regalo apreciable en cristalería, desistí de la luz y me acosté en la primera cama que encontré, sin ningún esfuerzo, en la oscurona, ya que era la cama lo que siempre se nos interponía en la vida como la tabla de salvación o de condenación.
Me desnudé, pensando:
—Qué poco precavido soy... Debía llevar siempre conmigo, así como un libro: o las mujeres su bolsa de mano con todos los artefactos indispensables para disimular los hechos cotidianos, una pijama.
Mientras pensaba esto, dejé de desnudarme. Luego, pensé de otra manera:
—Cómo voy a dormir vestido... Tendría que dormir en el suelo...
Sin pensar ya nada y desvestido en el transcurso de los pensamientos, dije:
—Me acostaré desnudo...
Arrebujado en las ropas hasta el cuello, el ruido de los mosquitos me obligó a cubrirme las orejas y después, aún la cabeza. Desaparecido íntegramente en las sábanas, con mi sueño íntimo, me quedé dormido —pienso yo— porque ya no supe nada de lo que pasó después... Hasta que desperté sintiendo un leve soplo en mis oídos; algo así como un susurro cálido y un peso sobre mi hombro que me oprimía en el sueño y me impedía substraerme a mí mismo y salir corriendo de lo que soñaba.
—¡Qué sueño tan perfecto! —dije—. Hasta en eso soy extraordinario... Con razón me he creído siempre un hombre singular... Fuera de lo corriente... La fuerza de mis sentidos... —agregué en voz alta— ...es tan poderosa que es capaz de materializar la última impresión de la realidad, con todos los rasgos que en los sueños son suplementarios, pero que, de todas maneras, hace falta...
El cuarto estaba lleno de humo como si hubiera fumado mucho... Más bien, como si nunca hubieran dejado de fumar y se hubiera acumulado el humo en el interior durante prolongadas noches de vigilia. Yo me debatía, aprisionado por la humareda que alteraba la respiración.
Cuando me disponía a retener lo irretenible del sueño, exaltado por el impulso de prolongar la infinitud del sueño; con el desasosiego de asirme a lo que se va y se esfuma, a lo que se tiene que ir del sueño; en el momento en que me aprestaba a pronunciar esas palabras balbucientes de los sueños, temeroso de despertar la imagen como en la realidad, permanecí suspenso y silencioso, queriendo retener lo intangible de su imagen... Pero entre más me aproximaba a su realidad, en el sueño, más intangible se hacía y más lejano me encontraba de su realidad; más la perdía.
Así, evadida del sueño, una figura de mujer se levantó naturalmente y comenzó a vestirse, revelando la intimidad de sus vestiduras: se puso primero una prenda de encaje negro, floreado de una flor transparente y negra que hacía más irreal la sombra de su cuerpo; luego, una prenda de densidad más negra que la cubrió completamente: y sin mirarse en ningún espejo, sin arreglarse lo que se arreglan las mujeres al irse; dándose los últimos toques, se alejó por entre la humareda del cuarto y desapareció en el pasillo, en la oscuridad que la envolvía.
Escuché sus pasos que descendían la escalera, lentos y firmes, sin equivocarse, como si conociera el secreto de los obstáculos que se interponían a la separación o a su estancia.
Contaba las gradas que iba bajando simultáneamente sin arrepentirse de bajarlas, segura de su tranquilidad en la separación.
Cuando llegué a la cuenta de los 27 escalones, pensé:
—No le causa ningún daño, ninguna tristeza, irse... Así... Sin retener por lo menos, el recuerdo de que la hubieran recordado por el tono de su voz, por el color de sus cabellos, por la mirada de sus ojos... Porque, en el sueño, su figura era imprecisa, sin ningún rasgo retenible y entre más soñaba, menos podía precisarla, ya que sólo es posible precisar un sueño cuando se despierta del sueño...
Después de una pausa me dije:
—Acaso es para que la recuerde, tan sólo por su sombra...
Y la dejé partir pensando que las mujeres se van siempre así, sin que nadie pueda comprobar su existencia en los sueños.
A la noche siguiente, antes del café, devolví la llave a Ruffo. Contemplandola en su mano que la hacía rebotar en consecutivos movimientos, antes de guardarla, preguntó:
—¿Dormiste bien...?
—Soñé muy bien... —fue mi respuesta—. Tu cuarto es un lugar para soñar y no para dormir...
Ruffo sonrió y se guardó la llave.
Luego de un silencio, agregué:
—¡Qué admirables, qué increíbles cosas se sueñan en tu cuarto...
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