viernes, 20 de marzo de 2026

Piel de Chan (Por Tlacaelel Marin Villafaña)

Desde temprano la casa quedó vacía. La rutina de hace cuatro meses había transcurrido con normalidad: mi papá en la cocina discutiendo con mi mamá. Molesto, le recriminaba que ella siempre tiene que solapar mis berrinches y huevonada. Luego, mi hermana distante y condescendiente, acusándome de ser el único culpable de las peleas entre nuestros padres. Siempre la escuchaba estoico, envuelto en mis sábanas, silencioso. Tan pronto la oía a acercarse por la mañana, lista para empezar con sus reclamos, me envolvía en las sábanas y le daba la espalda. Ella empezaba a hablar y yo la dejaba soltar su retahíla repetitiva. Todos los días apretaba mis dientes y contenía las ganas de contestarle, pero esta vez agregó algo nuevo y me dijo: “No te hagas pendejo, sabemos que te masturbas en la noche. Todos escuchamos tu pinche ruido, puerco”. Y mi silencio terminó. Ya no pude contenerme más y tampoco quise. Aventé las sábanas a patadas y me paré indignadísimo... Le grité. No recuerdo muy bien qué, pero su respuesta fue dar media vuelta y salir con un gesto de indignación de mi cuarto (y cuarto es un decir, porque tres de las paredes son roperos).

Después de eso volví a meterme a la cama, feliz de la pequeña victoria. A través de uno de los roperos alcanzaba a escuchar a mi papá decir que yo no me contentaba con ser un nini, sino que encima hacía más de cuatro meses que no me dignaba a salir ni a la esquina. Eso era francamente una mentira, tenía justo cuatro meses, había llevado la cuenta en mi cabeza como parte de mi bitácora.

A las 7:30 la casa al fin quedó vacía. ¡Libertad!, ¡libertad!, pensé, aun envuelto en mis sábanas, inmóvil hasta estar seguro de que nadie iba a regresar. Finalmente me paré y vestí frente al único espejo que teníamos, uno grande y con un marco de madera, regalo de mi abuela. Estar ahí, parado frente al espejo siempre era un proceso doloroso, pero necesario. Revisaba mi reflejo palpando con las yemas, y me parecía frustrante que nadie fuera capaz de notar que el del reflejo no era yo. Varias veces le había pedido a distintas personas que me miraran atentas y dijeran si veían algo extraño en mi piel, si no se me estaba cayendo o pudriendo, si no era como si me quedara mal, pero siempre me daban respuestas negativas. No seas tonto, esa es tu piel, me decían. Era como si no lo notaran o no lo quisieran notar, o estuvieran ciegos. No seas tonto, esa es tu piel, era lo único que sabían responder todos. Esa es tu piel, esa es tu piel, esa es tu piel… Finalmente terminé por resignarme. Sólo yo podía ver y entender lo que le pasaba a mi no-piel. Empecé a llevar el registro de lo que le pasaba a esta cosa que de ninguna manera podía ser mía... Había veces que no lo soportaba y terminaba por fastidiarme y arañaba o soltaba puñetazos contra el pellejo que traía encima y que todos burlonamente insistían en que era mi piel. Atacaba a mis mejillas y mi vientre, una y otra vez, hasta sentirme satisfecho, libre y sano. En cualquier momento la piel que golpeaba iba a desgarrarse como tela y yo sería libre. Pronto podría quitármela.

Terminada la revisión fui a desayunar. En la estufa mi papá había dejado un pocillo con café frío. Desde que mis compañeros de escuela me habían hecho dar cuenta de que esta no podía ser mi piel, había empezado a tener la misma pesadilla, noche tras noche. Así que dormía mal y despertaba empapado en sudor, como si me derritiera por dentro, sofocado de no poder salir de esta cosa grasosa. En la pesadilla yo estaba sentado en un pupitre, solo, hasta que de repente aparecían monstruos ataviados con pieles humanas danzando entre cocodrilos y hermafroditas. Yo los miraba espantado y luego feliz. Sin darme cuenta echaba a correr hacia ellos y me unía al baile, pero de repente todos, monstruos, hermafroditas y cocodrilos empezaban a reír. Yo me petrificaba y veía que me señalaban.

Tomé el café y salí a pasear por la azotea. Me asomé a la calle y vi a la gente que pasaba. Me preguntaba si alguna de esas personas podría ver lo falso que era este pellejo si saltaba frente a ellas y les decía ¡mírenme! Quiza... responderían lo que todos... Empezaba a calentar el sol cuando me escondí en el cuarto que mi papá nunca pudo terminar. Era uno de mis lugares favoritos porque sólo ahí podía ver a las vecinas lavar su ropa. Ahí, en cuclillas, me gustaba ver los tendederos llenos con sus pantaletas al sol, su pecho mojado, sus muslos descubiertos. Estuve ahí como lagarto mucho tiempo, hasta que me aburrí. Estaba fastidiado de la casa, del encierro, de mi hermana, de la manera en que mis padres y todos insistían en engañarme diciendo que mi piel era real. Estaba tan fastidiado que quise volver a salir.

Caminé sobre la banqueta nervioso, decorosamente enfundado en ropa holgada y gruesa, quería ocultar lo más posible mi falsa piel. Tenía miedo de que se repitiera lo de la escuela, de que alguien me viera y me dijera lo mismo que mis compañeros. Algunas veces que creía que ya no iba a poder soportarlo y arrancaría mi piel para brincar sobre cualquier persona y desollarla, listo para vestirme con una nueva piel, como si fuera Xipe-Totec. Muchas veces había espiado a mi hermana mientras se vestía para ir a la escuela, imaginando que le arrancaba la piel que caía a girones lista para ponérmela y danzar con ella puesta, feliz, muy feliz, porque ya nadie señalaría mi pellejo lacerado y quemado, y entonces todo sería mejor y podría regresar a la escuela.

Llegué al bosque Tlahuac y me puse a merodear por los estanques. Estar ahí, tan cerca del agua, mirando a los patos y respirando el aire fresco de los árboles, me hacía sentir tranquilo y en paz, como cuando mi abuela contaba por qué nos apellidábamos Chan del agua. Di varias vueltas por los estanques, me preguntaba si podía meterme y nadar con los patos, hasta que escuché una risa. Alguien lo sabía. Busqué nervioso a la persona que reía, hasta que escuché más risas. Todos lo sabían. Todos sabían lo que había debajo de mi ropa, todos sabían que esta piel empezaba a pegárseme y se burlaban igual que en la escuela. Las risas no dejaban de sonar. Eché a correr histérico, con las risas persiguiéndome acompañadas de miradas apabullantes, de dedos que me señalaban secretamente, de voces que murmuraban divertidísimas. Todos me seguían.

En mi huida derribé a una muchacha. Ella empezó a quejarse del golpe. Algunas personas nos miraron- Ella me decía que me fijara, pero yo lo sabía, ella también se había dado cuenta de mi piel. Entre sus reclamos escondía burlas, como si tuviera dos voces. Notaba sus murmullos entre sus gritos. Se reía de mí, se reía de mi falsa piel que cada vez se me pegaba más. No te engañes, pronto no te la podrás quitar, decía. Me levanté y eché a correr, esquivando a las personas. Todos ahí se habían dado cuenta. Salí corriendo del bosque. Atravesé calles y esquivé personas y carros que pitaban cuando me atravesaba. Sólo quería llegar a casa. Las risas, las burlas secretas, me perseguían.

No me detuve hasta que llegué al zaguán de mi casa. Me quedé ahí, jadeando, recargado contra la puerta con las piernas temblorosas, rascando con fuerza mi brazo, y sin querer empecé a llorar.




*Relato publicado originalmente en la revista digital Poetripiados en 2021. Esta versión presenta correcciones.

Rayo de luna, por Bernardo Couto Castillo

Bernardo Couto Castillo (1879-1901). Escritor mexicano y modernista, fue el infante terrible mexicano por antonomasia junto a Tablada. Colaboró en varias revistas y periódicos, en los que su producción narrativa se dispersó. Autor de un único libro titulado Asfodelos.

    Rayo de luna se publicó originalmente en El Nacional bajo el título "A la luz de la luna (Pesadilla)" en 1897, número 3. Posteriormente fue coleccionado en Asfodelos con algunos cambios en el relato.







Rayo de luna



Para Amado Nervo

Para el barón Salvador de Maillefert


Estoy en un hospital de alienados. Todo mi síntoma, toda mi locura es declarar lo que he visto e insistir. Ninguno como yo comprende lo extravagante y lo inverosímil de mi narración; yo mismo he dudado y me he creído juguete de una alucinación; pero siempre, después de muchas dudas, he llegado a la misma conclusión: mi narración es cierta, terriblemente cierta, y de ella me ha quedado una impresión de espanto presta a despertarse a cada momento. La noche silenciosa y melancólica; la noche en la que antes gustaba vivir sintiéndome solo y despierto cuando los demás dormían; la noche consejera llena de murmullos silenciosos y de encantos apacibles; la noche antes querida, me es hoy odiosa. Todo ruido, todo movimiento, las carreras de un ratón, el aleteo de una mosca, una puerta crujiendo, un soplo de viento, los gritos dolorosos o desesperados de los locos, todo me causa sobresalto y me inspira angustia porque creo que ella vuelve.

        ¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, ni quién lo sabrá jamás! Nada sé, nada puedo explicar sino que aquello ha sucedido y me ha dejado una impresión inolvidable que probablemente me conducirá a la locura.

         Era en la noche, en diciembre. Yo había trabajado muchas horas y al fin la fatiga me rendía. Todo estaba en silencio, un silencio de tumba; todo estaba oscuro: una oscuridad de muerte, y sólo la luz amarillenta de mi pequeña lámpara hacía brillas el papel. A uno lado, el reloj latía contando la marcha del tiempo y llenándome de alegría. Dentro de mí todo estaba también en calma; sólo mi corazón, los latidos de mi corazón respondían como un eco al tic-tac de la pequeña máquina.

        Dejé mi mesa para entrar al lecho, y como apagara la luz, todo quedó negro y cerré los ojos esperando dormir. Una hora, dos horas pasaron así en el silencio y la oscuridad; un calor sofocante me devoraba, y abriendo los ojos, busqué la luz... todo estaba negro, todo oscuro.

        Inmóvil, comencé a pensar. La oscuridad, la noche, el silencio, todo me conmovía y me inquietaba sin saber por qué. Un terror estúpido de lo misterioso se apoderó de mí: el silencio, la noche, la oscuridad, ¿es que acaso no eran la muerte? ¿Vivía yo?

        ¿Existían el movimiento, la luz, los hombres? ¿No vivía tan sólo en un sueño? Yo mismo reía de mis necias preguntas y escuché... Nada, un silencio completo. Fijé aún más mi atención esperando sorprender un murmullo lejano, el aleteo de una mosca, el tic-tac de mi reloj... el mismo silencio, nada llegaba a mí y pensé en la muerte universal, en la ruina del mundo. Me creí solo, horriblemente solo, y entonces quise escuchar los latidos de mi corazón... tampoco, todo estaba en silencio, todo dormía, mi soledad era completa.

        Mi angustia iba creciendo, cuando la luna salió, y una luz clara, tranquila, diáfana, llenó mi cuarto; los rayos más brillantes caían sobre un gran edredón rojo que en mi sueño había dejado caer y que extendido parecía recibir el sueño de la luminosa, vieja de muchos siglos.

        Por la ventana veía brillar miles de astros que dejaban caer sobre la Tierra su ceniza de oro, y la nieve brillaba como un inmenso manto de plata; en los árboles, sobre sus ramas erizadas y secas, reposaba algo como inmensas botas transparentes. Yo me sentía alegre, contemplé largo rato el rostro de la luna, recorrí las estrellas, y nuevamente enamorado de la noche, volví a la tranquilidad.

        A la tranquilidad no, porque ignoro la influencia que sobre mí operan las bellas noches; el caso es que por completo me cambian; siento mi cuerpo más ligero, mi inteligencia más alerta, mis sentidos y mis deseos más despiertos, y al mismo tiempo lleno de curiosidades pueriles.

        ¿Qué seres morarán en esos astros, para nosotros fuegos de hermosura hechos para alumbrar las noches de amor? ¿Tendrán poetas, cantarán historias, serán felices? Cuántas cosas pensaba, mirando sus luces que me atraían, y cuántos deseos sentía de salir, aspirar el aire perfumado, hundir mis pies en la nieve, y así, caminar muchas horas como lo había hecho otras veces, con la mirada fija en las estrellas, el ánimo tranquilo, la mente despierta, sintiendo deseos de amar, de amar bajo la radiosa claridad de la luna.

        Entonces, ¡ah!, lo que entonces pasó, cómo describirlo, cómo expresar lo que sentí, el espanto que me causó escuchar un suspiro, muy lento, muy prolongado, muy largo. Si no hubiese estado en mi lecho, seguramente me hubiera desplomado, de tal manera me sacudía y temblaba; pero mayor fue mi espanto y más grande mi angustia, cuando al volver el rostro —no sé cómo tuve valor— vi, ahí, extendida sobre el edredón rojo, una forma blanca, una forma de mujer a quien los rayos de la luna bañaban.

        Después de mi primer espanto creí engañarme y volví los ojos al suelo mirando con atención... no, no me engañaba! Una mujer vestida de blanco, con los cabellos sueltos, parecía dormir; veía perfectamente el latir pausado de su pecho, y a mí, a mis oídos llegaba su respiración suave y tranquila.

        Yo quedé sin movimiento, sentado en la cama —no sé cómo me había incorporado— apoyado sobre un brazo y mirando, mirando inmóvil de terror; mirando sin pensar en nada, casi sin darme cuenta, tal era mi abrumamiento de lo que pasaba; viendo una figura blanca, una figura de mujer destacándose sobre el rojo del edredón que se hundía bajo el peso del cuerpo.

        Un suspiro prolongado, muy largo y muy penoso, más largo, ¡ah!, ¡sí!, que el primero; un suspiro; un suspiro que hizo pasar por mí, por todo mi cuerpo, por mis huesos, por mi sangre, por mi piel, algo que no puedo definir, algo, ¡oh Dios!, que aún no sé cómo no me mató.

        La mujer había abierto los ojos y me miraba fijamente, aunque con indiferencia; parecía ver y no mirar; en su expresión había tristeza, una gran tristeza, y su palidez era grande, tan grande como debía ser la mía. Sus ojos se clavaban en los míos, nuestras miradas se encontraban; las de ella tranquilas, las mías... yo no sé, ni podre nunca saber cómo eran las mías. ¡Ah!, ¿quién podrá expresar la horrible opresión que yo en ese momento sentía? ¿Quién podrá comprender el terror producido por las miradas fijas de un ser —¿era ser?—, qué era, qué era?, ¡oh, Dios!... Pretendía hablar, dirigirle la palabra, interrogarla tal vez, y de mi garganta sólo salían sonidos casi imperceptibles.

        Volvió a suspirar con más pena que antes; su suspiro era más, cada vez más prolongado —ese suspiro duró una eternidad para mí.

        ¿Cuánto tiempo estuvimos así, ella con los ojos fijos en mí con indecible expresión, y yo viéndola inmóvil, sin poder hablar? Para mí fueron muchos años de sufrimiento; mi corazón latía violentamente y después parecía muerto; sentía un frío horrible y por mi frente corría el sudor.

        Luego la luz que la bañaba desapareció, quedó todo en tinieblas y ella ahí; yo no la veía, pero la sentía, la adivinaba tendida a mis pies, mirándome con sus grandes ojos exageradamente abiertos.

        Se levantó; yo la sentí, yo vi su manto blanco ir a la ventana; luego nada, silencio, oscuridad y terror, un gran terror en mi alma.

        Sin saber por qué impulso llevado salté del lecho, grité con todas mis fuerzas, con mis fuerzas antes muertas, y las gentes de la casa acudieron en tropel, mirándome asombradas.

        Hice recorrer toda la casa, escudriñé mi ventana colocada a gran altura; todo, todo estaba cerrado, nadie podía haber pasado por ahí, nadie, nadie, nadie!

        Esperé el día lleno de impaciencia y de terror, sin querer volver a mi cuarto; lo esperé paseándome de un lado a otro y conteniendo con las manos mi corazón para que no saltara, porque hería, golpeaba como si quisiera salirse. ¡Oh!, la noche atroz, la larga noche, inmensa, eterna!

        Al fin el día llegó, yo lo esperaba como se espera a la salvación; con él me llegó la tranquilidad; pensé en un sueño, en una alucinación y volví a mi cuarto.

        Lo primero que a mis ojos saltó fue el edredón rojo extendido... el edredón rojo que conservaba las señales del cuerpo reclinado sobre él y que los rayos de la luna habían bañado.

        No pude más, lanzando un grito, perdí el conocimiento.

        Después me han traído a esta casa, a esta casa de loco, y yo no lo estoy; he visto con mis ojos, los suyos grandes, fijos en mí; he escuchado sus suspiros prolongados y penosos. No estoy loco, no... y pensar que esa mujer puede volver aquí, a esta casa!

        No estoy loco, no... La noche me es odiosa; cuando la veo llegar tiemblo... y ella puede volver aquí, tal vez cuando la luna vuelva.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Luzbela, de Arqueles Vela, último libro de un estridentista

 Esta es sin duda la última novela que escribió el gran autor vanguardista Arqueles Vela, y la segunda en ser publicada, pues después de esta se publicó El intransferible en 1977, aunque se había empezado a escribir en 1925. Luzbela es una de esas obras inclasificables que solía entregar Vela, pues a veces se cataloga como novela, otras como antología de cuentos y al adentrarse en las páginas de este libro, el gozo y la sensación de collage evocan al ensayó de La teoría abstraccionista: “Lo real y lo natural en la vida es lo absurdo. Lo inconexo. (...) Nuestra vida es arbitraria y los cerebros están llenos de pensamientos incongruentes”. Pero, lo que podría dar un indicio de este libro, es el mismo subtitulo del libro: novelerías. Como escribe Vela en el primer capítulo de este libro:

 

“Al verla desaparecer, el gentío la abandonó en sus correrías... sólo yo la seguí, apegado a sus pasos...

Entonces comenzaron las novelerías... Las habladoras de la ciudad y del campo, apeñuscadas en las cuatro esquinas, inventaron su historia con palabras...

Es una ladrona... se roba la luz a la media noche...

Y en tanto que ella se adueñó de la luz, nadie se atrevía a transitar por las calles, temeroso de ofuscarse con las sombras que proyectaban sus luces...” (p.19-20).

 

El libro se compone de seis novelerías o cuentos o relatos, cada uno con diferentes temáticas, pero conservando el periodo de entre-guerras como el fondo de las historias, donde la incongruencia, los neologismos y la dificultad de comunicación se mantienen en todos ellos. Las novelerías son:

 

1) Luzbela

2) Las chisperas

3) Las medianoches

4) Una mujer impresionista

5) Las tres gracias

6) Los sueños

 

 

LUZBELA

Este texto funciona como introducción y a la vez como narración individual. En esta, el narrador se presenta como alguien extravagante e incomprendido que buscaba una identidad y un lugar al cual pertenecer. El narrador que nunca revela su nombre quiere ser un “personaje”, por lo que intenta entrar a un circo, pero lo rechazan. Vive algunas cosas hasta que, volviendo a un nuevo circo, conoce a una mujer que predice el futuro, él se obsesiona con ella y la libera. Cita del capítulo:  Yo anhelaba saber quién era yo mismo; cuándo llegaría al final de mi destino, quién me esperaba en la encrucijada, dónde terminaría mi tránsito.

 

LAS CHISPERAS

Este capítulo es curioso, pues pareciera ser un texto semi autobiografico por algunos elementos que evocan la estancia del autor en España. El texto, casi una picardía, cuenta una serie de anécdotas del narrador entre las que hay una pelea por unas mujeres, una serie de visitas una librería donde el narrador y sus amigos nunca compran ningún libro y los leen ahí mientras sostienen discusiones literarias con la vendedora que brillantemente dice: ... una obra clásica es aquella de la cual todos hablan... sin haberla leído...”. En este capítulo abundan referencias y menciones a García Lorca, Amado Nervo, Lautréamont, Cervantes, Machado, etc, incluso referencias a las revistas donde el autor trabajó como Revista de Revistas.

 

LAS MEDIANOCHES

La primera parte de este texto pareciera guardar cierta continuidad con LAS CHISPERAS, ayudando a la idea de que el libro guarda unidad, pues se menciona la expulsión del narrador de España y su encuentro con una mujer misteriosa que evoca a la adivina de LUZBELA. Recalco la frase de “Empezamos, como en todos los viajes, por sustraernos a la idea de la comodidad, proponiéndonos llevar a todas partes lo imprevisto de nuestras ilusiones...”. En esta novelería pareciera estar de fondo Alemania. El narrador se involucra con diferentes mujeres, principalmente prostitutas, reflejando en este texto una consecuencia social del periodo de entre-guerras. Al final hay una especie de relato mítico donde de una diosa/demonesa surgen las demás mujeres, evocando nuevamente la figura de Luzbela.

Otra parte digna de cita es: Andaba solo, en pos de nadie, en busca de algo...
Además, sabía desde antes que no encontraría más de lo que existe... Sin embargo, caminaba ilusionado...
Así, entregado a la romería continué a lo largo del camino serpentuoso, andando lentamente, como un perseguido, errante, a quien intentan convertirle en sedentario...” (p.125).

Creo interesante señalar como una curiosidad, que, en este texto, en el capítulo XII, Vela repite un recurso que usa en El Intransferible donde haciendo un recuento del tiempo va describiendo una situación social.

 

UNA MUJER IMPRESIONISTA

Este es de los textos más cortos del libro. Es en grosso modo, un relato erótico surrealista donde el narrador y sus amigos decoran a una amiga suya con inclinaciones artísticas y una gran devoción por la pintura.

 

LAS TRES GRACIAS

Es un texto donde se cuenta la historia de tres hermanas que parecieran ser inmortales y existir desde la época de Pompeya, narrando poco a poco el origen mítico de las tres hermanas que no suelen separarse, al grado de que cuando una se iba a casar, las tres le proponen al hombre que se case con todas. El narrador se encuentra con una de ellas y el resto del texto se desenvuelve en un dialogo donde se intenta adivinar la identidad de la mujer.

 

LOS SUEÑOS

La última novelería del libro, en la que se retoma la historia de Luzbela. El narrador pareciera ser el mismo de Luzbela, y estar enfrascado en una vida de vagabundeo en la que, volviendo a la intertextualidad de otras novelerías, se mencionan a personajes como Francois Villon.

 

“Como siempre, cuando se trataba de comprobar la realidad, comencé por tactear en mis sentimientos y en el pensamiento de los demás, para dar al cabo de los atados y atajos, con un mundo insospechado, insólito, inaudito, invisible; y no obstante, visible, audible, táctil, gustable y olisqueable, en el transcurso de la vida cotidiana...” (p.172).

Es aquí donde se descubre que el protagonista es Androsio, cosa que es interesante si estás familiarizado/a con la obra de Vela, pues este personaje es nombrado en El café de nadie, aparece en El Picaflor, El Intransferible y algunos Cuentos del día y de la noche. Gran parte de esta novelería final es Luzbela contando sus sueños, casi esotéricos, en los que se va revelando como una suerte de hechicera.

 

 


El libro es una de esas curiosidades editoriales y literarias que lamentablemente han ido quedando al margen del mundo cultural, y de la historia de la literatura, pues la obra de Vela es riquísima en metáforas, neologismos y reflexiones sociales sobre los distintos contextos que hay. Leer esto es verdaderamente grato y entretenido, te sumerges en un entorno donde las subjetividades del mundo exterior que nos influye se muestran como interpretaciones “sensitivas”, a veces casi oníricas, reflejando la incapacidad de comunicarse en la acelerada urbe, la complejidad de las relaciones sociales.

Si acaso le pondría el pero del constante trato casi sexualizante a las mujeres.

La edición que yo leí es la segunda, por lo que ignoro si guarda alguna diferencia con la primera, más allá de las portadas.

sábado, 25 de octubre de 2025

LOS HÁBITOS (por Tlacaelel Marin Villafaña)

 Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esa noche era la noche de bodas. En todo el reino de Harden-Hickey, las personas elegantemente vestidas hablaban de lo afortunado que había sido el príncipe al encontrar una doncella dispuesta a desposarse con él, encima, fortuna aún más grande, ¡en uno de sus propios jardines!

Mientras paseaba dando grandes zancadas, frente en alto, pretendiendo que los días de comer insectos en los pantanos estaban atrás, muy atrás, suficientemente atrás como para sentir recuperada su aristócrata dignidad, vio a una espalda de flor oculta entre las nomeolvides.

El príncipe, al ver el duro cuerpo y doble par de alas de aquel insecto, sintió el atroz y antiguo impulso de saltar sobre ella y masticarla. Pero, el suave y tierno sonido de su voz suplicante que dijo “por favor, no me comas”, lo hizo recapacitar y tomarla tierno entre sus dedos. Perdido en su verde desnudez, y aún consciente de los hambrientos saltos que su lengua daba en su boca, la besó.

Apenas la doncella dejó su artrópoda forma, los dos iniciaron una relación donde los paseos en carroza, las largas caminatas y charlas no faltaron. En esta conversación enternecedora la doncella descubrió que el príncipe era un hombre de costumbres arraigadas, pues era común que se desnudara y zambullera en los pantanos y ríos croando feliz, o que inflara el cuello y saltara furioso frente a cualquiera que intentaba cortejarla. Ella veía esto, indulgente, limitandose a menear la cabeza mientras devoraba las flores que el príncipe le regalaba.

Así, los días y las tardes pasaron entre tímidas reuniones hasta que un día, frente al jardín donde su sempiterno romance había iniciado, la doncella dijo que sí a la propuesta de matrimonio del príncipe.

 

Tras una larga fiesta donde las célebres figuras de los reinos cercanos felicitaron a la feliz pareja, los esposos se marcharon a su habitación, consumidos por el nerviosismo y la emoción de la promesa final de la noche. Ahí, a la luz de las velas, ambos se enfrentaron a la confusión de la inexperiencia sexual que se hacía más inquietante con la imagen de sus cuerpos desnudos, aún animales en algunas partes, humanos en otras. Atrapados en el desconocimiento e incapaces de saber cómo proceder, temblaban ensimismados en los recuerdos de su lejana educación antes de sus transformaciones, hasta que un instinto, anfibio para él, artrópodo para ella, vino en su rescate.

Terminado el himeneo, el príncipe acerco su cabeza a su esposa y en un susurro le dijo que la amaba. Ella lo besó una y otra vez, con toda la ternura de la que era capaz, conmovida por la unión de sus almas, y, entre cada beso, mientras recordaba el aroma del incienso y las palabras del sacerdote, daba pequeñas mordidas, devorando tierna y amorosamente la cabeza de su esposo.

Al otro día la noticia corrió: El grito desgarrador de la princesa había atraído a dos guardias que enmudecidos y pálidos encontraron las sábanas y suelo manchados de sangre. Arrodillada, la princesa sollozaba mientras abrazaba el cuerpo decapitado de su esposo que yacía sobre la cama lleno de mordidas.

 

Nadie supo qué clase de loco había matado al príncipe y robado su cabeza, ni mucho menos cuáles habían sido los motivos. Algunas personas, desesperadas por dar con algún culpable, empezaron a señalar a una tribu de blemias cercana, convencidas de que la tribu tenía una envidia y odio incontenibles contra quienes sí tenían cabeza. Otras, levantaron sus dedos contra Copil y sus seguidores, pero ninguna acusación dio frutos más allá de algunos arrestos para placer del público.

Después de eso el tiempo pasó triste, con la viuda destrozada por el asesinato, renuente a enterrar el cadáver de su esposo y obstinada en mantenerlo en su habitación lejos de todas las miradas, bajo pretexto de que así eran los rituales funerarios en su pueblo donde adoraban a Yig.

De vez en cuando, algún indiscreto insensible abordaba a la viuda que solía deambular silenciosa, y le preguntaba cuál creía que era el motivo detrás del crimen, a lo que la princesa respondía intentando ocultar su aliento a carne podrida:

—Los viejos hábitos jamás se olvidan.

Manifiesto echerendista (Manifiesto de la cartonera Echerendo: Letras de maíz)

MANIFIESTO ECHERENDISTA 

  

Aquí y ahora, sumergidos en la tierra ardiente y con los ojos puestos allá, en algún lugar de nuestra realidad realista; HOY, lanzamos a los cuatro rumbos de este universo dislocado, nuestras palabras echerendistas, incendiadas y frías, listas para esparcirse horizontales y categóricas. 

Estamos aquí, precisamente aquí, en la tierra, en el Echerendo, sobre Tlaltecutli, dispuestos a entregar nuestras antropofanías envueltas en llamas detonadoras. 

  

UNO. Tú y yo, nosotros, somos los supervivientes de la catástrofe diaria; de la tragedia que nos espera en las encrucijadas del día y de la noche, del acontecimiento que no podemos sospechar porque no hay trama y la realidad es discontinua y absurda, pero será EL ACONTECIMIENTO. 

La vida es por naturaleza absurda, incongruente y circular; pero también es miserable, terrible y llena de derrota. Todos somos menesterosos en esta tierra gris. Sabemos que “la vida es algo muy lleno de confusiones, algo repugnante y miserable en multitud de aspectos, pero hay que tener el valor de vivirla como si fuera todo lo contrario” (J.Revueltas). La vida es la farsa que todos debemos representar, atados a la lucha contra ella. 

Día tras día nos queda claro que la realidad de la vida y la cotidianidad es la tragedia: tragedia grande, tragedia pequeña, miseria y derrota, derrota en la vida, derrota en la muerte. Todas están aquí a nuestro lado, inexorables e indefectibles como las eternas gobernadoras de la tierra, desde antes de nosotros y nuestros ancestros.

Derrota y miseria, miseria y derrota. 

Aquí está la desilusión, la caída, el menester, el hambre, la tragedia de la rutina cumplida por milésima vez, la tragedia de la profecía cumplida o incumplida, de la felicidad que se hace sofocante y aburrida, de la acción mecánica, de la derrota una y otra vez pese al combate encarnizado. 

Reconocemos esta abrumadora realidad al ver las calles sembradas de sangre, al cruzarnos con las mismas nuevas noticias de todos los días, al arrancar el desencanto del día de nuestro diario de condenados. Reconocemos todo esto y mucho más, pero sin el ridículo estoicismo de los pro-capitalistas, sin autocompadecernos, sin nihilismo barato. No aspiramos a las actitudes eufemísticas de los abúlicos de la vida. No queremos ser felices como cerdos burgueses, deseamos ser dignamente miserables.

Cada día es un acto de sobrevivencia, de creación de anticuerpos, de amorosa resistencia ante el horror gozoso de la vida. Encontramos belleza y cierta ternura atroz en este horror. Estamos sumergidos en un silencio como sólo puede existir en los países colonizados: un zumbido vibrante, sordo, un alarido mudo de cuatrocientas voces.

Aceptamos la miseria y la desgracia, sin lacrimosismo, con actitud desafiante y deseos de resistir y transformar la totalidad de cosas. Celebramos e invocamos con las cenizas de nuestras hojas incineradas a Auicanime, Ixtlacoliuqui, Xolotl, Chalchiuitototlin, Itzamná, Gucumatz, Tlazolteotl, Ah Puch, Macuilxochitl, Uhcumo, Acapachtli, Acihuatl, Ixpuxtequi, Ahuilteotl, Pitao Bezelao, Pitao Zig, Huehuecoyotl, Xochipilli, y a las Tzitzimime que descenderán del cielo a devorarnos. 

Celebramos sus nombres, sus voces, con nuestras palabras derramadas sobre el suelo, y les pedimos que rueguen por nosotros, que nos amen, que nos odien, que viertan sin fin su presencia sobre esta tierra silenciosa.

Pero, recordemos, camarada: la realidad no sólo es la miseria de la gran Auicanime. También es caos, incongruencia, absurdo, delirio, como la gidouille de père Ubú. La realidad existe sólo a medias. Nuestras vidas, así como la historia, lo cotidiano y nuestros pensamientos son absurdos. Carecen de una continuidad bien hilada y fija. Todo está supeditado al caos, lo raro y lo casual. No existe ese lineal y perfecto camino que, ridículizimamente, intentan defender algunos especímenes unipensales, univisuales. “Lo real y lo natural en la vida es lo absurdo. Lo inconexo. Nadie siente ni piensa con una perfecta continuidad. (...) Nuestra vida es arbitraria y los cerebros están llenos de pensamientos incongruentes” (A. Vela). 

Todo el tiempo nuestras mente se están tropezando. Se detienen en una anécdota, evocan un sueño, regresan a otro recuerdo, elaboran un argumento, elevan un pensamiento, ponen atención a la vida que fluye estruendosa a nuestro alrededor. Los recuerdos y pensamientos son desordenados. Todo el tiempo nuestras vidas se ven atravesadas por lo que han hecho otras personas antes de nosotros, conocidas y desconocidas, famosas o ignotas. El fantasma de un acontecimiento se queda en algún lugar hasta que se atraviesa en nuestro camino. Un pensamiento va haciendo eco en los cráneos hasta que colisiona contra nosotros. En las ciudades que son inmensos cementerios, se ven espíritus de hoy, ayer y mañana. Sólo es cuestión de prestar atención para ver el desfile.

Estos fantasmas y ecos son el componente final: la proyección del círculo. La vida es redonda. Es un círculo sagrado, un ciclo como el de los cinco soles. Estamos aquí, todos y todas, clavados, reviviendo y repitiendo una trama inexistente, apenas un boceto. Llámalo como quieras, eterno retorno, hábitos de la realidad, es el circulo. 

Nuestra interacción con el mundo es dislocada, carente de trama y circular más allá de lo que queremos ver o forzar con nuestras ridículas ideas positivistas de progreso único y lineal que asquerosamente han moldeado parte de nuestra visión. No hay orden. No hay orden. Orden no hay. No orden hay. Rechazamos las ideas coloniales de una historia lineal, de una lógika eurocéntrica/occidental. No olvidemos que la causalidad es una ridiculez si la distanciamos de la casualidad. 

Siempre hay un suceso, algo que se repite con apenas unos cuantos cambios. Todo el tiempo, el argumento que elaboró un familiar o un ancestro, se repite, lo revivimos y volvemos a escenificar en nuestras rutinas y simulaciones. 

  

¡Ay de mí: 

sea así! 

No tengo dicha en la tierra 

aquí. 

  

¡Ah, de igual modo nací, 

De igual modo fui hecho hombre! 

¡Ah, sólo el desamparo 

He venido a conocer 

Aquí en el mundo habitado! 

(Nezahualcoyotl) 

  

  

 

DOS. Es por esta naturaleza de la realidad, que nos levantamos como echerendistas, con un arte hija de la tierra, con una voz de maíz, un círculo traidor incesante. Nuestro echerendismo es un arte realmente realista, alejado de los incompletos intentos del realismo a secas, del realismo socialista, del realismo mágico (etiqueta comercial), del realismo sucio (onanismo). Nuestro echerendismo es horizontal, la realización de la realidad y la emoción: siempre desordenadas, arbitrarias, caóticas. Un estallido que arde, fluye y bulle desde nuestros intestinos hasta nuestro corazón lleno de nopales sanguinolentos de carne. 

Nuestro realismo refleja el caos de la vida y el pensamiento, lo difícil que es acceder a una verdadera visión de la realidad cuando ya nos atraviesa los ojos una cultura, una historia, una educación. Nuestro trabajo es una proyección sincera de la tragedia dislocada. El flujo de la vida, del pensamiento, de la colección de absurdos de la realidad: las razones burocráticas, las lógicas sociales, los juegos de poder y el kapital, el trabajo, lo reflejamos en nuestro arte. Comprendemos el caos de la vida, inconexa, incongruente. El verdadero arte es personal y arbitrario, una expresión de la manera en que interactuamos con la realidad. No una fotografía “exacta”, no una nota arrancada de los periódicos: una (re)interpretación desde la mente, la fantasía, los sueños, las simulaciones de la rutina. ¡Un reclamo! ¡Un acto de respuesta a la realidad! 

Nuestro desorden estético es un reflejo del caos de la vida. El texto no sólo responde a la realidad, sino que es un dialogo con esta. Querer hacer un arte ordenado y limpio, es artificial y estúpido. Una voz detona un pensamiento y el pensamiento anécdota que se reproduce ahora, mientras soñamos, escuchamos, mientras la vida palpitante a nuestro alrededor acuchilla nuestro corazón. 

No hay ABCD, no hay 1234. 

En nuestro sincerísimo caos, declaramos nuestra distancia y vergüenza por la simplista y soporífera literatura confesionalista a lo Bukowski y Henry Miller, y de sus copias contemporáneas que han hecho de la literatura un mal chiste onanista. Declaramos nuestro desprecio por las y los escritores que hacen del barrio un fetiche, de los que caen en el insípido repetir la realidad del periódico sin más aporte que el aire caliente de sus cabezas. Rechazamos a los snobs y ridículos amantes del canon y la academia, merolicos que sólo saben berrear los nombres trillados y cansinos que todos hemos escuchado: Rulfo, Cortazar, Garro, Paz, García Marquez, James Joyce, etc, etc. Todos, nombres de brillo academicista y aroma agrio, enquistados en su vomitolatria. 

Las instituciones son mierda. 

Buscamos lo personal, sin afán de rendir pleitesía a las instituciones que, idiotas, intentan enjaular a las palabras. Buscamos el caos lejos de los lisonjeros literaturipedos. Nuestra acción es dislocada: el principio al final, el desarrollo al principio, sin argumento dado, sin orden artificial. Sólo caos, sólo saltos, sólo círculos como en la vida, como el pensamiento sometido a la realidad, como en nuestra vida supeditada a un sistema enajenante, sometido a lógikas atroces: lógika coloniales, lógikas europedocentricas, lógikas capitalistas. 

No hay bien no hay mal, ni orden ni belleza fija. 

Entendamos: La realidad, siempre indescifrable en su totalidad, ocurre como como distorsión de nuestras percepciones del mundo material. El mundo exterior y material no es percibido en su totalidad, sólo tenemos percepciones. Sólo vemos sombras. 

  

***** 

 

Existe una totalidad de cosas que atraviesan nuestras carnes y perforan nuestros pulmones y corazones, una totalidad de influencias vivas y muertas, de “alta” y “baja” cultura, y nosotros las integramos a nuestra producción. Escribir y crear implica hacer collage; recurrir, se quiera o no, se esté consciente o no, al plagio. Aceptémoslo, así es más fácil. 

Todo el tiempo estamos produciendo y reproduciendo nuestra cultura. En el arte no hay partenogénesis. 

“El plagio es necesario. Lo implica el progreso. Sigue de cerca la frese de un autor, se sirve de sus expresiones, borra una idea falsa, la sustituye por una idea justa” (Isidore Lucien Ducasse). Toda obra se inspira, influencia, plagia de alguna manera a otra. Todos estamos influenciados por lo que se hizo antes, incluso sin que seamos conscientes de ellos. Tenemos un mundo de herencias ya construido, de palabras, de ideas, de historias. 

La creación es un proceso social, no se hace en aislamiento y sin copiar, aunque así lo quieran creer románticamente algunos ridículos que compran la idea del super-individualismo. 

El mito del gran genio, del talento innato, ha ido demasiado lejos. Que existiera y fuera creído ya era ir demasiado lejos. Muchos cerebros se han podrido por esa sandez propagada por el mercado editorial/kultural y las instituciones. ¡Despertemos! ¡Ya! Esa originalidad innata no existe, ni en los cerebros, ni en las letras, ni en la historia. Tan pronto lo entendamos, podremos actuar con potencia y fuerza creadoras. 

Los echerendistas seremos textofagos, necrotextuales implacables. No conocemos el límite en nuestra pasión frankensteinesca inflamada del espíritu del cut-up, el collage. Con nosotros está el entendimiento de la realidad, tenemos nuestros ojos en las manos para exprimir nuestras visiones, nuestro corazón entre los dientes para masticar nuestras pasiones y palabras. Sabemos que el lenguaje cambia, que las cosas son siempre extrañas. Somos círculos traidores. 

Nuestro acto creativo es de interpretación. Somos nigromantes de esta colección de vestigios que es la historia, la cultura, los precedentes. Levantaremos los cadáveres añejos de la cosmogonía que hay bajo nuestros pies para crear algo: no nuevo, no viejo, sólo algo. Nuestro plagio no es un simple ejercicio de repetición, no somos los copistas que lamen la suciedad institucional y editorial de las vacas sagradas. NO. Nuestro plagio es una reinterpretación perpetua, así como nuestro cerebro reinterpreta la realidad. Alteramos el mundo, las palabras. Transgredimos el mundo con nuestro movimiento necroartistico, desechando la glorificación de las vacas sagradas. Desechamos las lógikas añejas de las instituciones rancionales. 

  

13 declaraciones 13 

1.-Cantaremos al insomnio frustrado de la noche, y al sueño del día, al dolor de la jornada de trabajo sin fin, al fastidio de los otros y los días que se suceden interminables, a la mentira de la ficción que encierra terribles verdades. 

2.-El plagio es necesario. Toda obra es involuntariamente el plagio de otra, una reinvención que no se asemeja a las tonterías de Joseph Campbell. Nosotros reinventaremos el mundo. 

3.-El arte es mentira, pero tiene que ser una mentira con una verdad. Sin zalamerías al poder y el kapital. Es más real una mariposa de obsidiana, que Ulises criollo 

4.-Alguna vez, algún ingenuo con fe en el progreso, dijo “un automóvil en movimiento es más bello que la Victoria de Samotracia”. Nosotros, con el cuerpo hundido en la tierra, declaramos: un automóvil lleno de lodo es más significativo que El retrato del artista adolescente, el metro más elocuente que Pedro Páramo. 

5.-Así como rechazamos la zalamería, rechazamos el onanismo intelectualista. Escribir sobre ti y lo maravilloso que eres en la vida, lo especial que eres, es patético. Novelas como On the road y Cartero, son patéticas. (Y decimos esto con todo el amor que sentimos por la obra de Jack Kerouac). 

6.-Los maestros literarios y los ídolos son inevitables, intentemos siempre ser rebeldes, incluso si implica atacar a nuestros templos. 

7.-El verdadero arte es siempre revolucionario. No nos interesa alguien que puede describir con exactitud la vida en un pueblo o barrio, ni cómo es que comen quienes viven ahí. Nos interesa qué piensan, sueñan, sienten las personas mientras habitan ahí. Qué sueño entra en su realidad mientras vive. 

8.-Sacrificaremos a las vacas sagradas y a nuestros propios ídolos para elevarnos con alas de tinta y tierra, con el rostro lleno de cráneos y lunas. 

9.-El plagio no puede ser apropiación vacía como las marcas de ropa que se apropian de los diseños indígenas. El plagio es reinterpretación, reordenar, poner otra mirada. 

10.- No hay un solo echerendo, sino muchos. No hay un solo profeta. No hay un solo teocalli. Nuestros ojos multánimes proyectan pequeñas realidades dentro de la realidad. 

11.- Miramos atrás, miramos al frente, a los lados, arriba y abajo, no para buscar un pasado idealizado, no para ansiar inocentemente el futuro, sino para recordar que estamos en medio de la hora, girando, con la boca llena de flores marchitas. 

12.- Los museos y galerías de arte tienen tanta cultura como un tianguis.  

13.- No deseamos jugar a la onda, al crack, al creacionismo.  

 

TRES. Declaramos nuestro odio a las lógikas mercantiles y capitalistas de las editoriales, que han hecho del libro y la literatura un producto más de consumo donde todo se postra ante el mercado. Mismo mercado que ha generado un mundo desechable. 

El egoísmo e interés de acumulación de esta lógika cancerígena y miserrible ha dado un orden de mercado al mundo de las letras. El kapital ha transformado todo en un lujo reservado para quien puede pagar: salud, vivienda, vida, cultura, todo se ha transformado en un producto de consumo. La ley lucha rabiosa contra la justicia, defendiendo la imaginaria propiedad intelectual. La ley ha cerrado plataformas de difusión gratuita de libros, registros de obras casi inaccesibles para el público, pero plataformas de pornografía, de ventas, siguen en pie. Esto demuestra que los mayores enemigos de la cultura son la ley, los derechos de autor, el capital. 

Las editoriales comerciales no sacan sus zarpas de la literatura transformando el mundo de las letras en una mafia cerrada de amiguismo y nepotismo. Siempre la misma acción mcdonaldsificadora: reeditar las mismas obras, los mismos autores, cerrar las puertas de su nauseabundo club mientras tiranizan a la contracultura de las letras. Siempre edición con tapa dura, edición de aniversario, edición especial, edición con la firma impresa, edición con el vello púbico, etc, etc, etc. ¡Basta! ¡Quietos ahí cofrades intelectualistas de literatonanismo! 

Tenemos que dejar de hacer de la cultura una mercancía y liberarla. Combatir a los mercantilizadores de las letras, de los libros. 

Junto con nuestro odio a las lógikas mercantiles, declaramos nuestra absoluta repugnancia por la institucionalidad del arte y la cultura. Al diablo los Nobel, al diablo la alta kultura, al diablo el buen gusto, al diablo la RAE. Cunado las instituciones y el kapital se arrogan de las cosas, las banalizan, imponen sus gustos que no son otra cosa que los de la burguesía, siempre hambrienta de robar y apoderarse de lo que se hace. Todo lo decoloran. 

Es por esto que nos proponemos liberar al arte y la cultura de sus cárceles institucionales y mercantiles donde un puñado de intelectuales hegemónicos han construido maléficamente sus castillos de arena. 

Abrazamos con entusiasmo la guerra contra las retoricas mercantiles e institucionales. Proponemos usar como armas detonadoras los fanzines, las editoriales cartoneras y cualquier practica que nos permita hacer una realidad, la democratización de la palabra. 

Con el libro cartonero se crea un arte accesible para todos y, mejor aún, HECHO POR TODO. El cartón es obrero, proletariado, hijo rechazado de la kultura de consumo. El libro cartonero como lo conocemos, nació en Buenos Aires en 2003 con Eloísa Cartonera. Ese libro cartonero que se fue esparciendo multánime como una colección de semillas por el mundo, se aleja de la vil mercantilizacion de las grandes editoriales, del sistema de consumo kultural. 

Las cartoneras encarnan el rechazo a la idea de que hay una separación entre el trabajo manual y el intelectual. Rechazan la idea de que los artistas son seres especiales separados de la masa. Saben que no existen esos grandes hombres únicos e iluminados por la Musa que la ideología de individualismo nos ha creer. Las cartoneras y nosotros negamos al artista iluminado, al talento innato, al gran artista, al libro obligatorio. 

Con todo esto surgen las preguntas y las respuestas. ¿Queremos solemnizar la literatura? ¡No! ¿Entonces queremos trivializarla? Tampoco. Queremos que el artista deje de ser una clase especial de ser humano, para que todo ser humano pase a ser una clase especial de artista. Queremos arrancar las palabras y la literatura de las momificadas manos de quienes no ven en ella más que productos. Queremos derribar las palabras de su pedestal para quienes las veneran y sacarlas de la fosa donde las tienen quienes las trivializan. Deseamos colocarlas en la tierra, en medio, en el vértice; plantar las palabras y ver qué pasa. 

El cartón combate a la institución, a la academia, al kapital. Acabará con la ranciolatrica idea de que hay hombres cultos e incultos, de que la cultura sólo está presente en algunos lugares. Propone que la cultura también está presente fuera de los lugares institucionales y de los grupos de especialistas, incluso los “grandes genios”. 

 

Propuestas inconvenientes

El libro cartonero, aparte de ser una tajante respuesta a las lógikas del mercado kapitalista y al dominio de las instituciones, es un acto de consciencia ambiental y resignificación, una apertura real a diversas voces, tintas y productos, que brilla con la luz incendiaria de múltiples colectivos con una idea apocalíptica: LA LITERATURA HECHA EN CASA Y POR CUALQUIERA. 

En las editoriales cartoneras no hay competencia, hay apoyo, un compartir de conocimientos y saberes, un hacer comunidad. Por eso invocamos algunos nombres de los múltiples que hay en esta plural acción bajo el manto protector del cartón. Eloísa Cartonera, la creadora, Cartopirata, El Pato con canclas, Pachuk cartonera, La Cartonera, Santa Muerte Cartonera, Olga Cartonera, Dadaif, Cartonera Tica, La ratona cartonera, Tegus la cartonera del toro, La cleta cartonera, La biznaga cartonera, Viento cartonero. 

Los echerendistas creemos en las editoriales cartoneras, tenemos nuestro espíritu con su colectivo, nuestra fe en el valor de la autopublicación, del libro independiente y casero, de lo artesanal. Proclamamos las siguientes propuestas: 

1.-Los derechos de autor son robo 

2.-El artista tiene que ser un tipo de artesano ya que el artesano siempre ha sido un tipo de artista. 

3.-Colaborar es resistir, resistir es colaborar. 

4.-En la brevedad narrativa está lo grandioso. El cuento, el relato corto, la novelletta son superiores a la novela. Hay una virtud innegable en la brevedad de estas narraciones. 

5.-Rechazar la propiedad intelectual en términos kapitalistas, no es negar al autor ni despojarlo, es negar el ansia privatizadora y punitivista. 

6.-Si puedes comprar la obra, hazlo; si no, piratea sin piedad. 

7.-Haz corsarismo: no piratees para ganar dinero, hazlo para liberar a la cultura y contribuir a la biblioteca mundial. 

8.-Las editoriales cartoneras deberíamos intercambiar obras, hacer en lo posible, la difusión. 

9.-El artista cartonero tiene que ser sumamente autocritico. Esa crítica es personal, libre del modelo editorial tradicional que ve todo en términos de mercado. 

10.-Nada. Todo. Algo. 

  

CUATRO. El Echerendo es nuestro mundo. La cosmogonía purépecha concebía al mundo como algo dividido en tres niveles verticales: Avandaro, Echerendo, Cumiechúcuaro. El primero, era el mundo celeste; el segundo, el material; el tercero, el inframundo. 

Nuestra vida, nuestros pensamientos, todo sucede aquí y ahora, en este vértice eclectante que es el Echerendo.

Todos somos innobles, fingidores.

Los echerendistas tomaremos por asalto el Avandaro y saquearemos el Cumiechúcuaro. Llenaremos de riquezas al Echerendo. Haremos de lo solemne, algo mundano; y de lo mundano, algo solemne. 

Implementaremos en lo posible la rutina y la simulación, en sus extensos y eclécticos significados que huyen del diccionario. Rutina como repetición monótona esperando a estallar, como rutina de comedia, como acción mecánica deshumanizadora. Simulación como fingimiento personal que anhelamos creer, que necesitamos creer; simulación como artificio, como acción humana. 

  

¡Liberaremos a las palabras!

¡Apuñalaremos a la kultura y de sus entrañas sacaremos a la cultura!

 

¡Haremos del mundo, nuestra biblioteca libre para todos y todas!

 

La tierra está abierta, la sangre regada. Te esperamos en el Echerendo.

 

Huen pa nsia bego sande’e

  

 

 

Huehuecoyotl Estrada, siguen mil nombres