lunes, 6 de abril de 2026

UNA AVENTURA DESCONOCIDA, por Arqueles Vela

Arqueles Vela, máximo exponente de la prosa estridentista y el narrador por excelencia de esta vanguardia, nos legó una increíble obra narrativa donde una de las preocupaciones predominantes fue el juego del lenguaje y la implementación obsesivocompulsiva  de neologismos. Y si bien es ampliamente conocido por su noveleta La señorita Etcétera y la antología editada por editorial horizonte y después por el Fondo de Cultura Económica en su colección Lectura Mexicanas: El café de nadie; también se desarrolló como un excelente cuentista con su obra Cuentos del día y de la noche.

    De esta gran colección, recogemos para el corsarísmo esta gran relato.



Una aventura desconocida


Nuestra vida en los tiempos líricos era muy diferente: vivíamos al azar, sin argumento ninguno, gastando la víspera lo que ganaríamos al día siguiente, dejando para el día próximo lo que deberíamos haber hecho el día anterior.

    —Nos distinguimos por lo que dejamos de hacer —decía el más filósofo de nuestros tiempos.

       —Y por lo que deshacemos y volvemos a hacer... —agregaba el más humorista.

    Vivíamos con regularidad, casi monótonamente: de la redacción del Ilustrado, al foro del Lírio; de los camerinos líricos, al Café; del Café a la calle; y, de cuando en cuando, a los cabarets, a disputarnos la última pieza de moda.

    En aquella época no acertamos nunca a discernir el tiempo: nos levantábamos antes de tiempo y nos acostábamos cuando ya no era necesario acostarse. Se nos confundían las noches con los días y algunas veces salíamos con la cara de la noche, para el día siguiente. Algunas veces entrábamos a casa con una noche tan densa, que no podía amanecernos nunca.

    Salíamos sin rumbo fijo, pero siempre llegábamos a alguna parte. Salíamos dispuestos a perdernos para siempre, desilusionados de la vida, pero siempre nos encontraba alguien y nos hacía retornar. Salíamos en busca del mal camino, decididos a malearnos, pero siempre se interponía la providencia conduciéndonos por el camino peor... Aunque, al final, la engañábamos, sobornándola, y nos quedábamos sin ir a ninguna parte.

    Algunas veces vagábamos por las calles, haciéndonos los ebrios, sin haber bebido nada, tomados tan sólo de la jovial y pasajera alegría que nos impulsara; y, muchas veces terminábamos borrachos y tristes del puro alcohol que nos invitaban, creyendo que estábamos tomados de un deseo de embriaguez.

    Muchos empezamos una vida, así... Pero pocos la seguimos. Algunos —Miguel Othón Robledo, el Vate Herrera, el Vate Frias— la terminaron así...

    Los menos, contamos el cuento, porque empezábamos a embriagarnos sin estar tomados y ellos comenzaban a beber, después de haber bebido. Todos vivíamos nuestro desorden y del desorden. Pero nosotros lo vivimos más desordenadamente, contraviniendo con nuestra demasía desordenada, el orden del día y de la noche.

    Aquella noche —la más noche de todas— salimos, Cas y Ruffo —que no podrán desmentirme porque ya murieron— con destino al café de las últimas horas de la noche.

    Después del café dispusimos entrar, cada uno, a nuestra respectiva casa; y lo pensamos mucho porque era la empresa más difícil —yo tampoco podría desmentirlos— y la más arriesgada. Entrar a casa no significaba arriesgar la vida o la muerte, sino arriesgar el resto de la noche que algunas veces se echaba a perder, convirtiéndose en el día siguiente, con toda su claridad ordinaria.

    No obstante, decidimos entrar a casa. Y nos despedimos.

    —Bueno... Entonces... paso por ti... A buena hora... Ya tarde... —previno Ruffo.

    —¡No! —respondí.

    —¿Cómo... has hecho alguna nueva promesa? —preguntó—. Y, dándome unas cuantas palmaditas en el hombro, suponiendo que tenía intenciones de convertirme... agregó:

    —Anda... Paso por ti, como siempre...

    —¡No! —insistí.

    Ruffo dio unos cuantos pasos para desandar el trayecto de su casa; y preguntó, en tono serio.

    —¿Por qué?

    —Porque... Esta noche no voy a dormir... —Dije. Ruffo rió y concluyó:

    —Mira nomás... Qué razón. Nosotros tampoco...

    —No... No es eso... —intervine. Es que no tengo donde dormir... Ni dinero para ir al hotel...

    —Otra vez... —Apuntó Cas. —Pues a dormir con el muerto... Es el único desocupado...

    Ruffo se registró los bolsillos, sin intenciones de sacar dinero. Ambos sabíamos estar seguros de no llevar dinero porque lo gastábamos de antemano; y siempre lo necesitábamos, al final, cuando creíamos que ya no servía, gastado todo, en todo y por todo.

    Ruffo quedó un momento discursivo.

    Después de comprobar que a ninguno de los dos nos importaba nada, no tener donde dormir, o, por lo menos, pasar la noche; entre riendo, dijo:

    —Yo también estoy en el mismo caso... Así es que puedes ir a dormir a mi cuarto. Toma la llave...

    Y se despidió.

    Revisé la llave puesta en mi mano y la guardé juntamente con mi mano, en el bolsillo, sin soltarla, como si pudiera perderse entre la multitud de llaves que llevaba conmigo. Luego, me eché a caminar, distrayendo lo mejor de la noche para atrapar el sueño, que siempre llegaba cuando menso podía dormir... o cuando ya estaba despierto.

    Tras de andar a lo largo y a lo ancho del tiempo, me encaminé hacia el cuarto de Ruffo, por las calles de Bolívar.

    Enseguida de haber acumulado, en la noche, muchos motivos para dormir, subí las escaleras contándolas simultáneamente para no equivocarme de piso y no despertar las sospechas de la casera, dueña de la asistencia.

    Ruffo me había dicho:

    —Subes 27 gradas y después de atravesar un pasillito; a la izquierda, al subir dos escalones más: en la puerta de la derecha... Allí es...

    Llegué frente a la puerta localizada y la abrí abierta hacia dentro con el ruido natural que hace toda puerta cuando la abre alguien que la conoce; y entré súbito, entre la oscuridad en desorden de la habitación.

    Aunque la puerta se abrió fácilmente con la llave, temiendo haber entrado en otra vivienda, busqué el encendedor tacteando en las paredes llenas de retratos y floreros. Pero nunca supe como era el cuarto de Ruffo porque no pude encontrar el encendedor, y, temeroso de romper algún regalo apreciable en cristalería, desistí de la luz y me acosté en la primera cama que encontré, sin ningún esfuerzo, en la oscurona, ya que era la cama lo que siempre se nos interponía en la vida como la tabla de salvación o de condenación.

    Me desnudé, pensando:

    —Qué poco precavido soy... Debía llevar siempre conmigo, así como un libro: o las mujeres su bolsa de mano con todos los artefactos indispensables para disimular los hechos cotidianos, una pijama.

    Mientras pensaba esto, dejé de desnudarme. Luego, pensé de otra manera:

    —Cómo voy a dormir vestido... Tendría que dormir en el suelo...

    Sin pensar ya nada y desvestido en el transcurso de los pensamientos, dije:

    —Me acostaré desnudo...

    Arrebujado en las ropas hasta el cuello, el ruido de los mosquitos me obligó a cubrirme las orejas y después, aún la cabeza. Desaparecido íntegramente en las sábanas, con mi sueño íntimo, me quedé dormido —pienso yo— porque ya no supe nada de lo que pasó después... Hasta que desperté sintiendo un leve soplo en mis oídos; algo así como un susurro cálido y un peso sobre mi hombro que me oprimía en el sueño y me impedía substraerme a mí mismo y salir corriendo de lo que soñaba.

    —¡Qué sueño tan perfecto! —dije—. Hasta en eso soy extraordinario... Con razón me he creído siempre un hombre singular... Fuera de lo corriente... La fuerza de mis sentidos... —agregué en voz alta— ...es tan poderosa que es capaz de materializar la última impresión de la realidad, con todos los rasgos que en los sueños son suplementarios, pero que, de todas maneras, hace falta...

    El cuarto estaba lleno de humo como si hubiera fumado mucho... Más bien, como si nunca hubieran dejado de fumar y se hubiera acumulado el humo en el interior durante prolongadas noches de vigilia. Yo me debatía, aprisionado por la humareda que alteraba la respiración.

    Cuando me disponía a retener lo irretenible del sueño, exaltado por el impulso de prolongar la infinitud del sueño; con el desasosiego de asirme a lo que se va y se esfuma, a lo que se tiene que ir del sueño; en el momento en que me aprestaba a pronunciar esas palabras balbucientes de los sueños, temeroso de despertar la imagen como en la realidad, permanecí suspenso y silencioso, queriendo retener lo intangible de su imagen... Pero entre más me aproximaba a su realidad, en el sueño, más intangible se hacía y más lejano me encontraba de su realidad; más la perdía.

    Así, evadida del sueño, una figura de mujer se levantó naturalmente y comenzó a vestirse, revelando la intimidad de sus vestiduras: se puso primero una prenda de encaje negro, floreado de una flor transparente y negra que hacía más irreal la sombra de su cuerpo; luego, una prenda de densidad más negra que la cubrió completamente: y sin mirarse en ningún espejo, sin arreglarse lo que se arreglan las mujeres al irse; dándose los últimos toques, se alejó por entre la humareda del cuarto y desapareció en el pasillo, en la oscuridad que la envolvía.

    Escuché sus pasos que descendían la escalera, lentos y firmes, sin equivocarse, como si conociera el secreto de los obstáculos que se interponían a la separación o a su estancia.

    Contaba las gradas que iba bajando simultáneamente sin arrepentirse de bajarlas, segura de su tranquilidad en la separación.

    Cuando llegué a la cuenta de los 27 escalones, pensé:

    —No le causa ningún daño, ninguna tristeza, irse... Así... Sin retener por lo menos, el recuerdo de que la hubieran recordado por el tono de su voz, por el color de sus cabellos, por la mirada de sus ojos... Porque, en el sueño, su figura era imprecisa, sin ningún rasgo retenible y entre más soñaba, menos podía precisarla, ya que sólo es posible precisar un sueño cuando se despierta del sueño...

    Después de una pausa me dije:

    —Acaso es para que la recuerde, tan sólo por su sombra...

    Y la dejé partir pensando que las mujeres se van siempre así, sin que nadie pueda comprobar su existencia en los sueños.

    A la noche siguiente, antes del café, devolví la llave a Ruffo. Contemplandola en su mano que la hacía rebotar en consecutivos movimientos, antes de guardarla, preguntó:

    —¿Dormiste bien...?

    —Soñé muy bien... —fue mi respuesta—. Tu cuarto es un lugar para soñar y no para dormir...

    Ruffo sonrió y se guardó la llave.

    Luego de un silencio, agregué:

    —¡Qué admirables, qué increíbles cosas se sueñan en tu cuarto...





miércoles, 25 de marzo de 2026

MANIFIESTO NALGAÍSTA. ALELUYA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA, por Efraín Huerta






 Para ella, que me mira morir...



El gran río penetró la roca viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de las pieles de tigre
a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
                        como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno de tu vientre
y de nuevo los dientes
                                        ah malditos
ah maldita tú también
Larga bestia ululante despierta lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
                                        amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
                                ¡Bríndamelo por fin!
Aleluya aleluya magnífico Grijalva
muerto de frío de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
Adelgazate hasta la soledad
De los cocodrilos que agonizan
Al pie de mi medio siglo
                                y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
cool cool cool cool jazz
marinera manía
de pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
                                 y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé cuándo
dormida y abrumada purificada
                                                        putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y pequekísimos poetas
(Soy acaso el hijo de Sánchez de la poesía
¡Peralvillo Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio
por el nuevo Paseo la Anti-Reforma)
 
 
 
NACIMIENTO Y APOTEOSIS DEL NALGAÍSMO
 
Oh Fuensanta ¿no hacemos cuchi-cuchi
a la orilla del mar?
                                Porque el mar...
Aguárdame Grijalva
permíteme ser sueño y ser la vida
lo derecho es lo derecho
y los sueños sueños son
y la vida
¿vale acaso la pena de vivirla?
            Ahora verás río de sublime dorso
encañonado como yo encoñado
río maldiciente como águila maldita
yo con cara de yerba
herbazal sin origen
territorio cavado
                                hijo desobediente
triste y amarga paternidad de más de cuatro
ésta es mi escuela
                                la acabo de fundar fundillar
erigir erectamente sin cimientos
con el semen simiente
del verso verso verso versus
contra mi propia voluntad pero a mi gusto
Hoy nace (digamos y cantemos aleluyas de espanto)
 
 
 
EL NALGAÍSMO
 
Nalgaístas de todos los países subyugados
¡OEA OEA OEA OEA uníos!
Así pues como los cocodrilos empantanados
alma mía de cocodrilo
claro está que soy hijo de una paloma azul
y un ancho saurio de dorado sexo
Nalgaísta hasta la médula de los huesos
                                                                    (dije huesos)
hasta la marchita desesperación
hasta los hígados
                                Así me tienes
a tus pies rendido
pequeñamente de ladito como el oficiante
de los fracasos rey amargo
pero no lo digáis
                            no digáis
que agotado mi tesoro...
                                        tampoco
tampoco la toquéis
ni con el pétalo de un maguey
                                                Dejadla
                                                            qué demonios
así es la rosa así es la cosa
así son de redondas y luminosas
y así es
...bastará citar el caso de mi tía la segunda.
Visiblemente dotada de un trasero de imponentes dimensiones, jamás nos hubieramos permitido ceder a la fácil tentación de los sobrenombres habituales; así, en vez de darle el apodo brutal de Ánfora Estrusca, estuvimos de acuerdo en el más decente y familiar de la Culona. Siempre procedemos con el mismo tacto...
Una nalga es una nalga una nalga es una nalga una nalga
No voy al paraíso ni al infierno
yo voy directamente al Nalgatorio
                                                        oh cielos
Oh vértigo estridente ladrido
largo mugido verde penetrante zurear
lanza oh lanza tu lancero
                                            lengua
víbora viborilla de la mar
benditísima fuente de milagros
ultimadamadremente
Fuensante
                    ¿hacemos cuchi-cuchi?
Verde es el color de la esperanza
                    por arriba
sabrosa la entrepierna de la amada
                    por abajo
veo negro veo violetas en tu axila
                    por rriba
cervatillos tus dedos en mi espalda
                    por abajo
por arriba carajo por atrás
(salomónico estás
Es no cojo...)
por delante por atrás retrasados
emputecidos nalgaístas
                                        ya lo saben
al que no le parezca
                                        por arriba
que se vista y se vaya o que se venga
                                        por abajo
Río arriba río abajo a todas horas
mi carcajada es homérica y casi montesdeóquica
y después oh después el ratito
voy a decirlo en paz
                                        secretamente:
Me duele el pensamiento coño
cuando pienso
y cuando quiero coger
                                        no cojo
¡y a veces cojo sin querer!
Agonía agonía Hermana Agonía
Hermano Leche Hermano Asno Hermana Agua
... y cerrando los ojos
                                le di
                                        ¡por detrás!
Pues las hay de diversa categoría diversas luces
imagénes metáforas
—mentáfora callada,
ensimismada, ay, mamada mía,
nálguida perla de dolor—;
hay la que nos duele con sólo mirarla
la que nos arde  hasta el grito
la que nos llama como cadencia-espuma-esperma
la que nos roza el alma
y nos acuchilla la respiración
la vibrante infinita
                                frutal
manglar con mil raíces
metidas hasta la entraña del río;
la dulce nalga que murmura y canta
la que nos huele a leguas
la que es ancha y ajena
Hoy vi una
                        nostálgica
que arrastraba miradas como violines
(en realidad no era una nalga sino una guitarra
de redondos acordes canallescos y cínicos)
y vi otra que parecía un mundo
de odas un horizonte de sonetos
un par de enardecidos endecasílabos
Dos piedras de sol agobiadoras
y feroces
                De verdadera orgía palabra
de rebelión y carajazo y medio
de entrada por salida
            por arriba
de aturdirse y venirse
            por abajo
de ardiente arremetida
            por arriba
de llegar y no irse
            por abajo
Algo así como una nalga constelada de estrellas
para escribir en ella los versos más tristes esta noche
 
Las hay para cagarse
y andar a tientas
                                (¿voy bien o me devuelvo?)
como en el bosque más oscuro
allí donde la orquídea negra
se dispone a mordernos la boca
y hacernos polvo de amor esta maldita lengua.
Otra que semejaba el principio del mundo
el origen de sus hermanas
                                                el Culismo en persona
la diafanidad de un crepúsculo
y la secreta voluptuosidad de la lluvia en el alba
Era soberbia como una espada de pie
—espada como labios—
como la punzante melancolía
melanculía melanculía
                                        melancúlico estoy
Fuensanta mía
Venía de otro país
                                de  una lejana esencia
y clamaba en el desierto
pidiendo a versos ay gimiendo
llorando a besos ay chillando
por un esbelto arado y dos espesos bueyes
que la dejaran para siempre muerta
de un millón de agonías...
Hubieron de cogerla (cogérsela) a tiro limpio
y exprimirla como a un mar de lujuria
y darle darle darle
                                    y aniquilarla
y romperle el alma
                            contra
                                    los horizontes
                                                de la vida
 
Las hay también:
Arrebatadoras, tocando a rebato
—esquilas, esquilones, esculonas—,
a tambor batiente, marciales,
para desfilar, heroicas,
(creo que hasta les debo la costumbre
culonamente insana de hablar solo),
rugidoras, apocalípticas
como alas de águila
como leonas en celo
como osas tragadoras de carne
como tigresas de cuatro ojos
con cuernos, con garras,
desgarradoramente selváticas
como helechos de húmeda dolencia
por el río lejano
                                    hastiado
(Estoy cansado de ser río,
sucede que me canso de ser río...)
Las hay también
anaberthaléperas
como la desmadreporización del mundo
inmensamente yogas
hijas del ensueño
carne color del sueño
perfil alado de la carne
(Veinte, veinte kilos de amor
y una succión desesperada...)
 
 
 
CLÍMAX LÚBRICO PARA POBRES DE ESPÍRITU
 
Ahora muévete
amargamente blanca ola
despacio anhelo mío piel y palabra
dorso rotundo y musical
como quien musitara
                                        la primera oración
Crucificado estoy muslos de leche
vientre de furia y lluvia
trasero de penumbra
            —beso beso—
nuca de plata cabellera sombría
Crucificado
                    así como tú quieras
pero despacio amor amor despacio
duele el alma duelen las uñas y los dientes
y arde todo a lo largo
y lo ancho deste vencido
y ebrio y estremecido culo
                                                    ay amor
                                                    ay amor
Hendidura de mármol mar y miel
mirífica agua dulce
río brillo de luna en dos partido
oh divino antisexo
                                    sexy sexy
¡excítame! ¡delírame!
sube y encima exprímeme
Oh divi divi divi
                                libi libi libi
libidinosamente
                                absurdamente
                    (digo es un decir)
a tu coral
                    inclínase el rosal
del agapando recio tallo
precipicio de sangre
marasmo y páramo
oveja y rayo trigo y relámpago
Alma y acantilado
coral-rosal
                        escúrreme de rabia
Baal Baal ¿por qué me has abandonado?
 
Los ángeles no tienen espalda
no no que no la tienen
Pero a cambio
qué trasero de nubes
qué dos liras qué melodías que melodías
—cristalinas de azúcar mermelada divina—
se poseen en el vuelo de una guarda a otra guarda
Ángel mío de mi guarda
                    hoy me tocas
                                                Pero
amigos: Tuérzanle el culo al ángel
de engañoso trasero
                                        porque al fin...
Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos
                por abajo
nadie tendrá derecho a lo superfluo
                por arriba
mientras alguien carezca de lo estricto
                por abajo...





viernes, 20 de marzo de 2026

Piel de Chan (Por Tlacaelel Marin Villafaña)

Desde temprano la casa quedó vacía. La rutina de hace cuatro meses había transcurrido con normalidad: mi papá en la cocina discutiendo con mi mamá. Molesto, le recriminaba que ella siempre tiene que solapar mis berrinches y huevonada. Luego, mi hermana distante y condescendiente, acusándome de ser el único culpable de las peleas entre nuestros padres. Siempre la escuchaba estoico, envuelto en mis sábanas, silencioso. Tan pronto la oía a acercarse por la mañana, lista para empezar con sus reclamos, me envolvía en las sábanas y le daba la espalda. Ella empezaba a hablar y yo la dejaba soltar su retahíla repetitiva. Todos los días apretaba mis dientes y contenía las ganas de contestarle, pero esta vez agregó algo nuevo y me dijo: “No te hagas pendejo, sabemos que te masturbas en la noche. Todos escuchamos tu pinche ruido, puerco”. Y mi silencio terminó. Ya no pude contenerme más y tampoco quise. Aventé las sábanas a patadas y me paré indignadísimo... Le grité. No recuerdo muy bien qué, pero su respuesta fue dar media vuelta y salir con un gesto de indignación de mi cuarto (y cuarto es un decir, porque tres de las paredes son roperos).

Después de eso volví a meterme a la cama, feliz de la pequeña victoria. A través de uno de los roperos alcanzaba a escuchar a mi papá decir que yo no me contentaba con ser un nini, sino que encima hacía más de cuatro meses que no me dignaba a salir ni a la esquina. Eso era francamente una mentira, tenía justo cuatro meses, había llevado la cuenta en mi cabeza como parte de mi bitácora.

A las 7:30 la casa al fin quedó vacía. ¡Libertad!, ¡libertad!, pensé, aun envuelto en mis sábanas, inmóvil hasta estar seguro de que nadie iba a regresar. Finalmente me paré y vestí frente al único espejo que teníamos, uno grande y con un marco de madera, regalo de mi abuela. Estar ahí, parado frente al espejo siempre era un proceso doloroso, pero necesario. Revisaba mi reflejo palpando con las yemas, y me parecía frustrante que nadie fuera capaz de notar que el del reflejo no era yo. Varias veces le había pedido a distintas personas que me miraran atentas y dijeran si veían algo extraño en mi piel, si no se me estaba cayendo o pudriendo, si no era como si me quedara mal, pero siempre me daban respuestas negativas. No seas tonto, esa es tu piel, me decían. Era como si no lo notaran o no lo quisieran notar, o estuvieran ciegos. No seas tonto, esa es tu piel, era lo único que sabían responder todos. Esa es tu piel, esa es tu piel, esa es tu piel… Finalmente terminé por resignarme. Sólo yo podía ver y entender lo que le pasaba a mi no-piel. Empecé a llevar el registro de lo que le pasaba a esta cosa que de ninguna manera podía ser mía... Había veces que no lo soportaba y terminaba por fastidiarme y arañaba o soltaba puñetazos contra el pellejo que traía encima y que todos burlonamente insistían en que era mi piel. Atacaba a mis mejillas y mi vientre, una y otra vez, hasta sentirme satisfecho, libre y sano. En cualquier momento la piel que golpeaba iba a desgarrarse como tela y yo sería libre. Pronto podría quitármela.

Terminada la revisión fui a desayunar. En la estufa mi papá había dejado un pocillo con café frío. Desde que mis compañeros de escuela me habían hecho dar cuenta de que esta no podía ser mi piel, había empezado a tener la misma pesadilla, noche tras noche. Así que dormía mal y despertaba empapado en sudor, como si me derritiera por dentro, sofocado de no poder salir de esta cosa grasosa. En la pesadilla yo estaba sentado en un pupitre, solo, hasta que de repente aparecían monstruos ataviados con pieles humanas danzando entre cocodrilos y hermafroditas. Yo los miraba espantado y luego feliz. Sin darme cuenta echaba a correr hacia ellos y me unía al baile, pero de repente todos, monstruos, hermafroditas y cocodrilos empezaban a reír. Yo me petrificaba y veía que me señalaban.

Tomé el café y salí a pasear por la azotea. Me asomé a la calle y vi a la gente que pasaba. Me preguntaba si alguna de esas personas podría ver lo falso que era este pellejo si saltaba frente a ellas y les decía ¡mírenme! Quiza... responderían lo que todos... Empezaba a calentar el sol cuando me escondí en el cuarto que mi papá nunca pudo terminar. Era uno de mis lugares favoritos porque sólo ahí podía ver a las vecinas lavar su ropa. Ahí, en cuclillas, me gustaba ver los tendederos llenos con sus pantaletas al sol, su pecho mojado, sus muslos descubiertos. Estuve ahí como lagarto mucho tiempo, hasta que me aburrí. Estaba fastidiado de la casa, del encierro, de mi hermana, de la manera en que mis padres y todos insistían en engañarme diciendo que mi piel era real. Estaba tan fastidiado que quise volver a salir.

Caminé sobre la banqueta nervioso, decorosamente enfundado en ropa holgada y gruesa, quería ocultar lo más posible mi falsa piel. Tenía miedo de que se repitiera lo de la escuela, de que alguien me viera y me dijera lo mismo que mis compañeros. Algunas veces que creía que ya no iba a poder soportarlo y arrancaría mi piel para brincar sobre cualquier persona y desollarla, listo para vestirme con una nueva piel, como si fuera Xipe-Totec. Muchas veces había espiado a mi hermana mientras se vestía para ir a la escuela, imaginando que le arrancaba la piel que caía a girones lista para ponérmela y danzar con ella puesta, feliz, muy feliz, porque ya nadie señalaría mi pellejo lacerado y quemado, y entonces todo sería mejor y podría regresar a la escuela.

Llegué al bosque Tlahuac y me puse a merodear por los estanques. Estar ahí, tan cerca del agua, mirando a los patos y respirando el aire fresco de los árboles, me hacía sentir tranquilo y en paz, como cuando mi abuela contaba por qué nos apellidábamos Chan del agua. Di varias vueltas por los estanques, me preguntaba si podía meterme y nadar con los patos, hasta que escuché una risa. Alguien lo sabía. Busqué nervioso a la persona que reía, hasta que escuché más risas. Todos lo sabían. Todos sabían lo que había debajo de mi ropa, todos sabían que esta piel empezaba a pegárseme y se burlaban igual que en la escuela. Las risas no dejaban de sonar. Eché a correr histérico, con las risas persiguiéndome acompañadas de miradas apabullantes, de dedos que me señalaban secretamente, de voces que murmuraban divertidísimas. Todos me seguían.

En mi huida derribé a una muchacha. Ella empezó a quejarse del golpe. Algunas personas nos miraron- Ella me decía que me fijara, pero yo lo sabía, ella también se había dado cuenta de mi piel. Entre sus reclamos escondía burlas, como si tuviera dos voces. Notaba sus murmullos entre sus gritos. Se reía de mí, se reía de mi falsa piel que cada vez se me pegaba más. No te engañes, pronto no te la podrás quitar, decía. Me levanté y eché a correr, esquivando a las personas. Todos ahí se habían dado cuenta. Salí corriendo del bosque. Atravesé calles y esquivé personas y carros que pitaban cuando me atravesaba. Sólo quería llegar a casa. Las risas, las burlas secretas, me perseguían.

No me detuve hasta que llegué al zaguán de mi casa. Me quedé ahí, jadeando, recargado contra la puerta con las piernas temblorosas, rascando con fuerza mi brazo, y sin querer empecé a llorar.




*Relato publicado originalmente en la revista digital Poetripiados en 2021. Esta versión presenta correcciones.