jueves, 9 de abril de 2026

Manuel Maples Arce, poemas de un estridentista

Manuel Maples Arce, poeta y embajador mexicano, fue el legendario fundador del todavía más legendario, movimiento estridentista, que entre 2021 y 2027 escandalizó a la bien pensante sociedad mexicana que sólo encontraba valor en los versos de Xavier Villaurrutia y su camarilla de amiguitos Contemporaneos. Durante su periodo estridentista, Maples Arce nos regaló tres libros de poesía vanguardista que erizaron los pelos de la crítica y abofeteó a la literatura "bien hecha" de aquel entonces. Estos tres libros eran: Andamios Interiores. Poemas Radiográficos; Urbe. Súper-poema Bolchevique en 5 cantos; y Poemas Interdictos.

    



T.S.H.

Sobre el despeñadero nocturno del silencio
las estrellas arrojan sus programas,
y en el audión inverso del ensueño,
se pierden las palabras
olvidadas.
                    T.S.H.
                    de los pasos
                    hundidos
                    en la sombra
                    vacía de los jardines.
El reloj
de la luna mercurial
ha ladrado la hora a los cuatro horizontes.
                    
                    La soledad
                    es un balcón
                    abierto hacia la noche.

¿En dónde estará el nido
de esta canción mecánica?
Las antenas insomnes del recuerdo
recogen los mensajes
inalámbricos
de algún adiós deshilachado.

                Mujeres naufragadas
que equivocaron las direcciones
trasatlánticas;
y las voces
de auxilio
como flores
estallan en los hilos
de los pentagramas
internacionales.

El corazón
me ahoga en la distancia.

Ahora es el "Jazz-Band"
de Nueva York;
son los puertos sincrónicos
florecidos de vicio
y la propulsión de los motores.

Manicomio de Hertz, de Marconi, de Edison!

El cerebro fonético baraja
la perspectiva accidental
de los idiomas.
Hallo!

                    Una estrella de oro
                    ha caído en el mar.


PRISMA


Yo soy un punto muerto en medio de la hora,
equidistante al grito náufrago de una estrella.
Un parque de manubrio se engarrota en la sombra,
y la luna sin cuerda
me oprime en las vidrieras.
                                            Margaritas de oro
                                            deshojadas al viento.

La ciudad insurrecta de anuncios luminosos
flota en los almanaques,
y ellá de tarde en tarde,
por la calle planchada se desangra un eléctrico.

El insomnio, lo mismo que una enredadera,
se abraza a los andamios sinoples del telégrafo,
y mientras que los ruidos descerrajan las puertas,
la noche ha enflaquecido lamiendo su recuerdo.

El silencio amarillo suena sobre mis ojos.
¡Prismal, diáfana mía, para sentirlo todo!

Yo departí sus manos,
pero en aquella hora
gris de las estaciones,
sus palabras mojadas se me echaron al cuello
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.

Hoy suenan sus palabras más heladas que nunca.
¡Y la locura de Edison a manos de la lluvia!
El cielo es un obstáculo para el hotel inverso
refractado en las lunas sombrías de los espejos;
los violines se suben como la champaña,
y mientras las ojeras sondean la madrugada,
el invierno huesoso tirita en los percheros.

Mis nervios se derraman.
                                            La estrella del recuerdo
naufraga en el agua
del silencio.
                        Tú y yo
                                        coincidimos
                                        en la noche terrible,
meditación temática
deshojada en jardines.

Locomotoras, gritos,
arsenales, telégrafos.

El amor y la vida
son hoy sindicalistas,

y todo se dilata en círculos concéntricos.



COMO UNA GOTERA...


Como una gotera de cristal, su recuerdo,
agujera el silencio
de mis días amarillos.

Tramitamos palabras
por sellos de correo,
y la vida automática
se asolea en los andamios de un vulgar rotativo.

Las canciones florecen
a través de la lluvia,
en la tarde vacía, sin teclado y sin lágrimas.

Los tranvías se llevaron las calles cinemáticas
empapeladas de ventanas.

Mis besos apretados
florecían en su carne.

Aquel adiós, el último,
fue un grito sin salida.

La ciudad paroxista
nos llegaba hasta el cuello,
y un final de kilómetros subrayó sus congojas.

¡Oh el camino de hierro!
                                        Un incendio de alas
                                        a través del telégrafo.
                                        Trágicas chimeneas
                                        agujeran el cielo.
                                        ¡Y el humo de las fábricas!

(Así, todo, lejos, se me dice como algo
imposible que nunca he tenido en las manos)

Un piano tangencial se acomoda en la sombra
del jardín inconcreto; los interiores todos
se exponen a la lluvia —selecciones de ópera—.
En las esquinas nórdicas hay manifiestos rojos.


SAUDADE


Estoy solo en el último tramo de la ausencia,
y el dolor, hace horizonte en mi demencia.

Allá lejos,
el panorama maldito.

¡Yo abandoné la Confederación sonora de su carne!
Sobre todo su voz,
hecha pedazos
entre los tubos
de la música!

En el jardín interdicto
                                —azoro unánime—
el auditorio congelado de la luna.

Su recuerdo es sólo una resonancia
entre la arquitectura del insomnio.

¡Dios mío,
las manos llenas de sangre!

Y los aviones,
pájaros de estos climas estéticos,
no escribirán su nombre
en el agua del cielo.


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