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lunes, 6 de abril de 2026

UNA AVENTURA DESCONOCIDA, por Arqueles Vela

Arqueles Vela, máximo exponente de la prosa estridentista y el narrador por excelencia de esta vanguardia, nos legó una increíble obra narrativa donde una de las preocupaciones predominantes fue el juego del lenguaje y la implementación obsesivocompulsiva  de neologismos. Y si bien es ampliamente conocido por su noveleta La señorita Etcétera y la antología editada por editorial horizonte y después por el Fondo de Cultura Económica en su colección Lectura Mexicanas: El café de nadie; también se desarrolló como un excelente cuentista con su obra Cuentos del día y de la noche.

    De esta gran colección, recogemos para el corsarísmo esta gran relato.



Una aventura desconocida


Nuestra vida en los tiempos líricos era muy diferente: vivíamos al azar, sin argumento ninguno, gastando la víspera lo que ganaríamos al día siguiente, dejando para el día próximo lo que deberíamos haber hecho el día anterior.

    —Nos distinguimos por lo que dejamos de hacer —decía el más filósofo de nuestros tiempos.

       —Y por lo que deshacemos y volvemos a hacer... —agregaba el más humorista.

    Vivíamos con regularidad, casi monótonamente: de la redacción del Ilustrado, al foro del Lírio; de los camerinos líricos, al Café; del Café a la calle; y, de cuando en cuando, a los cabarets, a disputarnos la última pieza de moda.

    En aquella época no acertamos nunca a discernir el tiempo: nos levantábamos antes de tiempo y nos acostábamos cuando ya no era necesario acostarse. Se nos confundían las noches con los días y algunas veces salíamos con la cara de la noche, para el día siguiente. Algunas veces entrábamos a casa con una noche tan densa, que no podía amanecernos nunca.

    Salíamos sin rumbo fijo, pero siempre llegábamos a alguna parte. Salíamos dispuestos a perdernos para siempre, desilusionados de la vida, pero siempre nos encontraba alguien y nos hacía retornar. Salíamos en busca del mal camino, decididos a malearnos, pero siempre se interponía la providencia conduciéndonos por el camino peor... Aunque, al final, la engañábamos, sobornándola, y nos quedábamos sin ir a ninguna parte.

    Algunas veces vagábamos por las calles, haciéndonos los ebrios, sin haber bebido nada, tomados tan sólo de la jovial y pasajera alegría que nos impulsara; y, muchas veces terminábamos borrachos y tristes del puro alcohol que nos invitaban, creyendo que estábamos tomados de un deseo de embriaguez.

    Muchos empezamos una vida, así... Pero pocos la seguimos. Algunos —Miguel Othón Robledo, el Vate Herrera, el Vate Frias— la terminaron así...

    Los menos, contamos el cuento, porque empezábamos a embriagarnos sin estar tomados y ellos comenzaban a beber, después de haber bebido. Todos vivíamos nuestro desorden y del desorden. Pero nosotros lo vivimos más desordenadamente, contraviniendo con nuestra demasía desordenada, el orden del día y de la noche.

    Aquella noche —la más noche de todas— salimos, Cas y Ruffo —que no podrán desmentirme porque ya murieron— con destino al café de las últimas horas de la noche.

    Después del café dispusimos entrar, cada uno, a nuestra respectiva casa; y lo pensamos mucho porque era la empresa más difícil —yo tampoco podría desmentirlos— y la más arriesgada. Entrar a casa no significaba arriesgar la vida o la muerte, sino arriesgar el resto de la noche que algunas veces se echaba a perder, convirtiéndose en el día siguiente, con toda su claridad ordinaria.

    No obstante, decidimos entrar a casa. Y nos despedimos.

    —Bueno... Entonces... paso por ti... A buena hora... Ya tarde... —previno Ruffo.

    —¡No! —respondí.

    —¿Cómo... has hecho alguna nueva promesa? —preguntó—. Y, dándome unas cuantas palmaditas en el hombro, suponiendo que tenía intenciones de convertirme... agregó:

    —Anda... Paso por ti, como siempre...

    —¡No! —insistí.

    Ruffo dio unos cuantos pasos para desandar el trayecto de su casa; y preguntó, en tono serio.

    —¿Por qué?

    —Porque... Esta noche no voy a dormir... —Dije. Ruffo rió y concluyó:

    —Mira nomás... Qué razón. Nosotros tampoco...

    —No... No es eso... —intervine. Es que no tengo donde dormir... Ni dinero para ir al hotel...

    —Otra vez... —Apuntó Cas. —Pues a dormir con el muerto... Es el único desocupado...

    Ruffo se registró los bolsillos, sin intenciones de sacar dinero. Ambos sabíamos estar seguros de no llevar dinero porque lo gastábamos de antemano; y siempre lo necesitábamos, al final, cuando creíamos que ya no servía, gastado todo, en todo y por todo.

    Ruffo quedó un momento discursivo.

    Después de comprobar que a ninguno de los dos nos importaba nada, no tener donde dormir, o, por lo menos, pasar la noche; entre riendo, dijo:

    —Yo también estoy en el mismo caso... Así es que puedes ir a dormir a mi cuarto. Toma la llave...

    Y se despidió.

    Revisé la llave puesta en mi mano y la guardé juntamente con mi mano, en el bolsillo, sin soltarla, como si pudiera perderse entre la multitud de llaves que llevaba conmigo. Luego, me eché a caminar, distrayendo lo mejor de la noche para atrapar el sueño, que siempre llegaba cuando menso podía dormir... o cuando ya estaba despierto.

    Tras de andar a lo largo y a lo ancho del tiempo, me encaminé hacia el cuarto de Ruffo, por las calles de Bolívar.

    Enseguida de haber acumulado, en la noche, muchos motivos para dormir, subí las escaleras contándolas simultáneamente para no equivocarme de piso y no despertar las sospechas de la casera, dueña de la asistencia.

    Ruffo me había dicho:

    —Subes 27 gradas y después de atravesar un pasillito; a la izquierda, al subir dos escalones más: en la puerta de la derecha... Allí es...

    Llegué frente a la puerta localizada y la abrí abierta hacia dentro con el ruido natural que hace toda puerta cuando la abre alguien que la conoce; y entré súbito, entre la oscuridad en desorden de la habitación.

    Aunque la puerta se abrió fácilmente con la llave, temiendo haber entrado en otra vivienda, busqué el encendedor tacteando en las paredes llenas de retratos y floreros. Pero nunca supe como era el cuarto de Ruffo porque no pude encontrar el encendedor, y, temeroso de romper algún regalo apreciable en cristalería, desistí de la luz y me acosté en la primera cama que encontré, sin ningún esfuerzo, en la oscurona, ya que era la cama lo que siempre se nos interponía en la vida como la tabla de salvación o de condenación.

    Me desnudé, pensando:

    —Qué poco precavido soy... Debía llevar siempre conmigo, así como un libro: o las mujeres su bolsa de mano con todos los artefactos indispensables para disimular los hechos cotidianos, una pijama.

    Mientras pensaba esto, dejé de desnudarme. Luego, pensé de otra manera:

    —Cómo voy a dormir vestido... Tendría que dormir en el suelo...

    Sin pensar ya nada y desvestido en el transcurso de los pensamientos, dije:

    —Me acostaré desnudo...

    Arrebujado en las ropas hasta el cuello, el ruido de los mosquitos me obligó a cubrirme las orejas y después, aún la cabeza. Desaparecido íntegramente en las sábanas, con mi sueño íntimo, me quedé dormido —pienso yo— porque ya no supe nada de lo que pasó después... Hasta que desperté sintiendo un leve soplo en mis oídos; algo así como un susurro cálido y un peso sobre mi hombro que me oprimía en el sueño y me impedía substraerme a mí mismo y salir corriendo de lo que soñaba.

    —¡Qué sueño tan perfecto! —dije—. Hasta en eso soy extraordinario... Con razón me he creído siempre un hombre singular... Fuera de lo corriente... La fuerza de mis sentidos... —agregué en voz alta— ...es tan poderosa que es capaz de materializar la última impresión de la realidad, con todos los rasgos que en los sueños son suplementarios, pero que, de todas maneras, hace falta...

    El cuarto estaba lleno de humo como si hubiera fumado mucho... Más bien, como si nunca hubieran dejado de fumar y se hubiera acumulado el humo en el interior durante prolongadas noches de vigilia. Yo me debatía, aprisionado por la humareda que alteraba la respiración.

    Cuando me disponía a retener lo irretenible del sueño, exaltado por el impulso de prolongar la infinitud del sueño; con el desasosiego de asirme a lo que se va y se esfuma, a lo que se tiene que ir del sueño; en el momento en que me aprestaba a pronunciar esas palabras balbucientes de los sueños, temeroso de despertar la imagen como en la realidad, permanecí suspenso y silencioso, queriendo retener lo intangible de su imagen... Pero entre más me aproximaba a su realidad, en el sueño, más intangible se hacía y más lejano me encontraba de su realidad; más la perdía.

    Así, evadida del sueño, una figura de mujer se levantó naturalmente y comenzó a vestirse, revelando la intimidad de sus vestiduras: se puso primero una prenda de encaje negro, floreado de una flor transparente y negra que hacía más irreal la sombra de su cuerpo; luego, una prenda de densidad más negra que la cubrió completamente: y sin mirarse en ningún espejo, sin arreglarse lo que se arreglan las mujeres al irse; dándose los últimos toques, se alejó por entre la humareda del cuarto y desapareció en el pasillo, en la oscuridad que la envolvía.

    Escuché sus pasos que descendían la escalera, lentos y firmes, sin equivocarse, como si conociera el secreto de los obstáculos que se interponían a la separación o a su estancia.

    Contaba las gradas que iba bajando simultáneamente sin arrepentirse de bajarlas, segura de su tranquilidad en la separación.

    Cuando llegué a la cuenta de los 27 escalones, pensé:

    —No le causa ningún daño, ninguna tristeza, irse... Así... Sin retener por lo menos, el recuerdo de que la hubieran recordado por el tono de su voz, por el color de sus cabellos, por la mirada de sus ojos... Porque, en el sueño, su figura era imprecisa, sin ningún rasgo retenible y entre más soñaba, menos podía precisarla, ya que sólo es posible precisar un sueño cuando se despierta del sueño...

    Después de una pausa me dije:

    —Acaso es para que la recuerde, tan sólo por su sombra...

    Y la dejé partir pensando que las mujeres se van siempre así, sin que nadie pueda comprobar su existencia en los sueños.

    A la noche siguiente, antes del café, devolví la llave a Ruffo. Contemplandola en su mano que la hacía rebotar en consecutivos movimientos, antes de guardarla, preguntó:

    —¿Dormiste bien...?

    —Soñé muy bien... —fue mi respuesta—. Tu cuarto es un lugar para soñar y no para dormir...

    Ruffo sonrió y se guardó la llave.

    Luego de un silencio, agregué:

    —¡Qué admirables, qué increíbles cosas se sueñan en tu cuarto...





miércoles, 18 de marzo de 2026

Luzbela, de Arqueles Vela, último libro de un estridentista

 Esta es sin duda la última novela que escribió el gran autor vanguardista Arqueles Vela, y la segunda en ser publicada, pues después de esta se publicó El intransferible en 1977, aunque se había empezado a escribir en 1925. Luzbela es una de esas obras inclasificables que solía entregar Vela, pues a veces se cataloga como novela, otras como antología de cuentos y al adentrarse en las páginas de este libro, el gozo y la sensación de collage evocan al ensayó de La teoría abstraccionista: “Lo real y lo natural en la vida es lo absurdo. Lo inconexo. (...) Nuestra vida es arbitraria y los cerebros están llenos de pensamientos incongruentes”. Pero, lo que podría dar un indicio de este libro, es el mismo subtitulo del libro: novelerías. Como escribe Vela en el primer capítulo de este libro:

 

“Al verla desaparecer, el gentío la abandonó en sus correrías... sólo yo la seguí, apegado a sus pasos...

Entonces comenzaron las novelerías... Las habladoras de la ciudad y del campo, apeñuscadas en las cuatro esquinas, inventaron su historia con palabras...

Es una ladrona... se roba la luz a la media noche...

Y en tanto que ella se adueñó de la luz, nadie se atrevía a transitar por las calles, temeroso de ofuscarse con las sombras que proyectaban sus luces...” (p.19-20).

 

El libro se compone de seis novelerías o cuentos o relatos, cada uno con diferentes temáticas, pero conservando el periodo de entre-guerras como el fondo de las historias, donde la incongruencia, los neologismos y la dificultad de comunicación se mantienen en todos ellos. Las novelerías son:

 

1) Luzbela

2) Las chisperas

3) Las medianoches

4) Una mujer impresionista

5) Las tres gracias

6) Los sueños

 

 

LUZBELA

Este texto funciona como introducción y a la vez como narración individual. En esta, el narrador se presenta como alguien extravagante e incomprendido que buscaba una identidad y un lugar al cual pertenecer. El narrador que nunca revela su nombre quiere ser un “personaje”, por lo que intenta entrar a un circo, pero lo rechazan. Vive algunas cosas hasta que, volviendo a un nuevo circo, conoce a una mujer que predice el futuro, él se obsesiona con ella y la libera. Cita del capítulo:  Yo anhelaba saber quién era yo mismo; cuándo llegaría al final de mi destino, quién me esperaba en la encrucijada, dónde terminaría mi tránsito.

 

LAS CHISPERAS

Este capítulo es curioso, pues pareciera ser un texto semi autobiografico por algunos elementos que evocan la estancia del autor en España. El texto, casi una picardía, cuenta una serie de anécdotas del narrador entre las que hay una pelea por unas mujeres, una serie de visitas una librería donde el narrador y sus amigos nunca compran ningún libro y los leen ahí mientras sostienen discusiones literarias con la vendedora que brillantemente dice: ... una obra clásica es aquella de la cual todos hablan... sin haberla leído...”. En este capítulo abundan referencias y menciones a García Lorca, Amado Nervo, Lautréamont, Cervantes, Machado, etc, incluso referencias a las revistas donde el autor trabajó como Revista de Revistas.

 

LAS MEDIANOCHES

La primera parte de este texto pareciera guardar cierta continuidad con LAS CHISPERAS, ayudando a la idea de que el libro guarda unidad, pues se menciona la expulsión del narrador de España y su encuentro con una mujer misteriosa que evoca a la adivina de LUZBELA. Recalco la frase de “Empezamos, como en todos los viajes, por sustraernos a la idea de la comodidad, proponiéndonos llevar a todas partes lo imprevisto de nuestras ilusiones...”. En esta novelería pareciera estar de fondo Alemania. El narrador se involucra con diferentes mujeres, principalmente prostitutas, reflejando en este texto una consecuencia social del periodo de entre-guerras. Al final hay una especie de relato mítico donde de una diosa/demonesa surgen las demás mujeres, evocando nuevamente la figura de Luzbela.

Otra parte digna de cita es: Andaba solo, en pos de nadie, en busca de algo...
Además, sabía desde antes que no encontraría más de lo que existe... Sin embargo, caminaba ilusionado...
Así, entregado a la romería continué a lo largo del camino serpentuoso, andando lentamente, como un perseguido, errante, a quien intentan convertirle en sedentario...” (p.125).

Creo interesante señalar como una curiosidad, que, en este texto, en el capítulo XII, Vela repite un recurso que usa en El Intransferible donde haciendo un recuento del tiempo va describiendo una situación social.

 

UNA MUJER IMPRESIONISTA

Este es de los textos más cortos del libro. Es en grosso modo, un relato erótico surrealista donde el narrador y sus amigos decoran a una amiga suya con inclinaciones artísticas y una gran devoción por la pintura.

 

LAS TRES GRACIAS

Es un texto donde se cuenta la historia de tres hermanas que parecieran ser inmortales y existir desde la época de Pompeya, narrando poco a poco el origen mítico de las tres hermanas que no suelen separarse, al grado de que cuando una se iba a casar, las tres le proponen al hombre que se case con todas. El narrador se encuentra con una de ellas y el resto del texto se desenvuelve en un dialogo donde se intenta adivinar la identidad de la mujer.

 

LOS SUEÑOS

La última novelería del libro, en la que se retoma la historia de Luzbela. El narrador pareciera ser el mismo de Luzbela, y estar enfrascado en una vida de vagabundeo en la que, volviendo a la intertextualidad de otras novelerías, se mencionan a personajes como Francois Villon.

 

“Como siempre, cuando se trataba de comprobar la realidad, comencé por tactear en mis sentimientos y en el pensamiento de los demás, para dar al cabo de los atados y atajos, con un mundo insospechado, insólito, inaudito, invisible; y no obstante, visible, audible, táctil, gustable y olisqueable, en el transcurso de la vida cotidiana...” (p.172).

Es aquí donde se descubre que el protagonista es Androsio, cosa que es interesante si estás familiarizado/a con la obra de Vela, pues este personaje es nombrado en El café de nadie, aparece en El Picaflor, El Intransferible y algunos Cuentos del día y de la noche. Gran parte de esta novelería final es Luzbela contando sus sueños, casi esotéricos, en los que se va revelando como una suerte de hechicera.

 

 


El libro es una de esas curiosidades editoriales y literarias que lamentablemente han ido quedando al margen del mundo cultural, y de la historia de la literatura, pues la obra de Vela es riquísima en metáforas, neologismos y reflexiones sociales sobre los distintos contextos que hay. Leer esto es verdaderamente grato y entretenido, te sumerges en un entorno donde las subjetividades del mundo exterior que nos influye se muestran como interpretaciones “sensitivas”, a veces casi oníricas, reflejando la incapacidad de comunicarse en la acelerada urbe, la complejidad de las relaciones sociales.

Si acaso le pondría el pero del constante trato casi sexualizante a las mujeres.

La edición que yo leí es la segunda, por lo que ignoro si guarda alguna diferencia con la primera, más allá de las portadas.

viernes, 10 de noviembre de 2023

HISTORIA DEL CAFÉ DE NADIE, de Arqueles Vela

 



ANTES que Maples Arce descendiera el umbral de este Café, nadie había percibido el estado de inexistencia en que se encontraba y se moría. Su vida inerte de catástrofe, de edificio sepultado por un gran cataclismo, se insinuaba con esa vaguedad de las estancias solitarias, empacadas por un trágico y cósmico olvido.

Sus paredes, sus muebles, sus espejos, sus meseros, estaban con la actitud latente de vida con que deben estar los objetos, las personas y las cosas de una ciudad petrificada. De una ciudad que en plena actividad se estatiza de hastío y de lava… De una decoración cinemática interrumpida y paralizada inusitadamente por un descuido del manipulador, en la que todo espera el momento de volver a la realidad, de enhebrar su paisaje y su argumento.

Maples Arce penetró a este Café con el mismo estado espiritual de aquel espectador que patea y se sonríe de un episodio revelado en la pantalla intermitentemente…

En el instante en que nosotros abordamos su “negligée” e impulsamos su inercia, en el instante en que nos asomamos a su vacío, con la misma desconcertante incredulidad y verosimilitud con que nos asomamos a los visillos de un sueño, su historia se fue desenrollando de nuevo. Los meseros rectificaron su inclinación y remendaron el intermedio de su inestabilidad.

Su idiosincrasia se quedó en un estado de convalecencia, de desconcierto, de inadaptable. Sobre todo de inadaptable. Es un Café sombrío, huraño, sincero, en el que hay un consuetudinario ruedo de crepúsculo o de alba. De nadie. Por eso Ortega le ha llamado así. No soporta cierta clase de personas, ni de patrones, ni de meseros. Es un café que se está renovando siempre, sin perder su estructura ni su psicología. No es de nadie. Nadie lo atiende, ni lo administra. Ningún mesero molesta a los parroquianos. Ni les sirve…

Por esta peculiaridad somos los únicos que se encuentran bien en su sopor y en su desatención. Somos los únicos parroquianos del café. Los únicos que no tergiversan su espíritu. Hemos ido evolucionando hasta llegar a ser ese nadie… para que sea nuestro y exclusivo…

En su primitivismo—viselado de modernidad—, en su retrospectivización, hemos buscado la clave de la vida y del arte…

En la atmosfera de este Café no existe ni se puede comprobar ninguna ley física.

Las personas, los objetos, en su espacio eterizado de pensamientos, tienden a ascender…

En los momentos de intimidad, todos estamos en el vértice de su ángulo espiritual, refutando la impenetrabilidad.

Emergemos con la divergencia de un gran reflector zodiacal, que todavía no se inventa en Nueva York…

Sus paredes, estucadas de tiempo y de inviolabilidad, son como un rompeolas de las banalidades y pequeñas cosas que arrastra la marejada callejera que invade y enrarece el oleaje de senos y de voces de los otros cafés.

En su árbol luminoso hemos cortado el fruto incandescente de la sabiduría…

Su silencio y desolación comprende nuestra hermeticidad y no nos habla sino con el eco de las frases de los meseros, colgadas en la pared:


 

Pero nosotros sabemos que estas insinuaciones esconden las mismas supercherías que las de los meseros y bebemos y fumamos otras marcas.

Bebemos el alcohol que destilan las tardes y prolongamos las horas, fumando una tabaquera de ideas…

Liamos indolentemente, voluptuosamente, inconsútiles cigarrillos intelectuales, engargolados de sentimentalidad o de rebeldía y cuadriculamos la atmósfera de sugerencias arácnidas que acechan y desechan cualquier frase importuna de los parroquianos noveles.

Con ese humo de las ideas se ha ido formando, creando, una nueva y original mentalidad a los personajes que surgen de la oportunidad y casualidad de las charlas o a los que permanecen detrás de nuestro “APARTAMENT” literario…

Con la plastilina de las pláticas, con la genialidad, la tontería y la frivolidad de algunas frases nuestras, se han modelado varios parroquianos. Los que faltaban para que fuera un real y tumultuoso Café.

Aquí, surgió, de pronto, de la mal comprendida ductilidad de una frase, el reclamista del ESTRIDENTISMO, el que lo ha voceado en las callejuelas de los periódicos, con un aparente gesto disturbiador. Pepe Elguero se inventó, se confeccionó su traje y psicologó en una de nuestras charlas…

Las mujeres que han pasado por el “budoir” ideologico del Café, son todas las mujeres. Todas son, aquella “AQUELLA DAMA QUE CONOCEMOS” que nos dejara una remembranza y una nostalgia, del momento sutil en que se asomó a las vidrieras de nuestra inconformidad con las mujeres…

En este ángulo del Café, nuestro laboratorio intelectual y sentimental, construyó Maples Arce el andamiaje de sus poemas. Aquella silla recopiladora de las formas y la languidecencia de las mujeres, reconstruyó “LA SEÑORITA ETC.”

En este ángulo del Café, empezamos a creer en algo del más allá, en otro plano más mullido para esa gran pereza papal que nos aletarga sobre el ajetreo y lo innecesario de la vida.

En este ángulo nos acercamos al horizonte de la irrealidad. Sobre él estamos siempre, esperando el momento de pasar a lo subconsciente.

Porque eso, es este Café, una estación de tránsito entre lo objetivo y lo subjetivo.

Es como un “pulman” en el que viajamos hacia todos los viajes…


Arqueles Vela

jueves, 26 de octubre de 2023

EL ESTRIDENTISMO Y LA TEORÍA ABSTRACCIONISTA, por Arqueles Vela


El estridentismo no es una escuela literaria, ni un evangelio estético. Es, simplemente, un gesto. Una irrupción del espíritu contra el reaccionarismo intelectual.

                                                                               Para explicarse las tendencias del estridentismo, algunos escritores han consultado los diccionarios y las enciclopedias sin encontrar una exégesis artística de la palabra y han interrogado:

                        —¿Cómo es posible que haya un arte estridentista?—

                                                                                               No hay un arte estridentista, como tampoco hay un arte “impulsionista”, ni “paroxista”, ni “visionarista”. Nosotros no hemos catalogado, ni catalogaremos nuestra visión estética.

                                                No hemos anclado el vocablo estridentista, ni anclaremos ningún vocablo. Las palabras no expresan únicamente lo estipulado en los diccionarios. En cada frase tienen un valor y una sugerencia diferente. A veces, una palabra es algo más que una frase.

                                                                                                              Ahora que se ha desvanecido se ha esfumado el azoramiento producido por nuestros reflectores intelectuales y se dá al público, en las revistas, —entre ellas “EL UNIVERSAL ILUSTRADO”, la primera que se despejó de su hermetismo académico— algo de lo nuestro, sin subrayarlo de estravagancia y sin ribetearlo de curiosidad, es imprescindible equilibrar el desequilibrio ideológico de los que han comentado la tendencia literaria del Estridentismo.

              El comprimido estridentista de Manuel Maples Arce, publicado en la primera hoja de “ACTUAL”, no hace expeculaciones sobre un arte estridentista. Excita a los intelectuales jóvenes a hacer un arte personal y renovado, fijando las delimitaciones estéticas. A destruir las teorías equivocadamente modernas. A hacer poesía pura. Sin perspectivas pictóricas. Sin anecdotismo. Una poesía sincera, sin ordenar la emoción que es siempre desordenada. Las tendencias antiguas sujetaron la emoción a un esquema, a un itinerario para presentarla como una obra de equilibrio arquitectónico, de orfebrería y no como una obra original y emocional. Toda esa literatura está basada en una ecuanimidad que no tiene la vida. Lo real y lo natural en la vida es lo absurdo. Lo inconexo. Nadie siente ni piensa con una perfecta continuidad. Nadie vive una vida como la de los personajes de las novelas románticas. Nuestra vida es arbitraria y los cerebros están llenos de pensamientos incongruentes. El ensueño no tiene la plasticidad, la claridad de los poemas de los novecentistas.

                                           La teoría abstraccionsta, no es una teoría, sino una insinuación de afirmar la personalidad. De crear un arte puro y sin repujaciones. Un arte en que el sincronismo emocional tenga una equivalencia con ese ritmo sincrónico del ajetreo de la vida moderna.

                                         En su poema “PRISMA”, Maples Arce logra ensamblar su inquietud interior con esa inquietud que flota en unas pestañas, en una calle toda llena de inquietudes electrónicas y de humo de fabricas, con imágenes diametralmente opuestas y yuxtapuestas con una fuerte hilación ideologica.

                                                                                  ¿Quién no ha sentido en sus recuerdos desordenados, las miradas de las “mujeres telescopiadas en catástrofes de recuerdos” del poema de la “MUJER HECHA PEDAZOS”, de José Juan Tablada? Los que no comprenden la belleza del poema de Tablada es porque han tergiversado completamente la visión estética. Su falta de sinceridad los ha obligado a tener un concepto diferente de la emoción. Los que interpretan con más exactitud ese estado absurdo del espíritu que es la emoción, han sido siempre los poetas incomprensibles y por lo mismo, los más sinceros.

                                               Las innovaciones del grupo estridentista: la figura indirecta compuesta y las imágenes dobles —no dobles a la manera creacionista— han revolucionado no sólo, la forma que es lo menos importante en una renovación, sino la ideología, la manera de interpretar la armonía del universo. La poesía está en esa música luminosa desenrrollada por la rotación de las esferas. Y esa simultaneidad de armonías logradas sin tiempo, ni espacio, sin sujeto, es lo que hace nuestra teoría abstraccionista.

            La figura indirecta compuesta es una visión lograda con dos sugerencias desiguales sintaxicamente, y que ensambladas ideológicamente establecen una relación incoercible:

“…y el pentagrama eléctrico

de todos los tejados

se muere en el alero del último almanaque

de Maples Arce.

                                   La imágen doble interpreta simultáneamente la actitud espiritual y la actitud material:

                                 “…Y me alejé hacia el lado opuesto de su mirada…”

            de “La Srita. Est.”

                                               Esta síntesis exegética del estridentismo —la primera irrupción subversista que suscitó la pasividad ambiente— y la teoría obstraccionista, —la primera manifestación renovadora— es una interpretación personalista. No teorizamos sobre el abstraccionismo porque no es una teoría. Y porque nosotros no limitamos la fuerza creadora como los impulsionistas —teoría cientificofilosófica—, los paroxistas, —teoría neo-baulerina— los neoparoxistas —teoría tridimensional—, Etc. y las demás tendencias que circunscriben la emoción.

                                                                       Para no citar sino las teorías que no están al margen de Rimbaud, Mallarme, Apollinaire y Reverdy. Los dadaístas tenían mucho de humoristas y el humorismo no es más que un afán de no personalizarse.

                                                                                                                      Los que confunden el estridentismo con otras tendencias actuales con una teoría estética, no han leído nada del estridentismo, ni de las otras manifestaciones literarias.