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domingo, 31 de mayo de 2026

Ángeles (por Tlacaelel Marin Villafaña)

 Para mi padre y madre

 

Era una mañana como todas las mañanas: sin triunfos a la vista, con la única variable del número y mes sobre el calendario. Sentado en la sala y con el brillo del teléfono sobre la cara, Fulan revisaba las ofertas de trabajo, saltando de una en otra, pluma en mano, mientras escuchaba el ruido de la televisión donde no dejaban de pasar las mismas nuevas noticias de siempre. No importaba qué canal pusiera, qué noticiero más confiable y sin miedo a decir la verdad sintonizara, nada cambiaba, sólo las voces y caras de los conductores, y por momentos era como si nisiquiera eso fuera diferente y todas esas caras fijas en la pantalla, fueran la misma masa de carne que chorreaba palabras mecánicas.

Fulan arrastraba la mirada por la pantalla del teléfono, saturado por el susurrante sonido de batir de alas que lo llevaban a recordar su imagen deteriorada día con día frente al espejo del baño del trabajo, el mismo espejo durante años, la misma cara, cada vez más vieja y cansada, los mismos ruidos de alas, cada vez menos esperanzadores. Ahora estaba hastiado y cansado, hastiado de los días consecutivos, cansado de las noticias y la vida circular, de buscar esterilmente trabajo mientras se estrellaba con la monotonía del día, de llenar su CV con su vida reducida a su experiencia laboral para chocar con las mismas respuestas que casi podía repetir junto al entrevistador en turno:

Gracias por venir, nosotros le llamamos.

Fastidiado de leer las ofertas de trabajo que, como los días, eran una fotocopia sin fin, finalmente decidió descansar mientras veía la televisión, “aunque fuera tan sólo un momento”.

Eso es tan cierto, don Ricardo vomitó entre risas, Margarita, conductora de noticieros A y cara de canal Cortés.

Fulan suspiró cansado. Otra vez canal Cortés hacía una entrevista al dueño de Grupo Cortés S.A, Ricardo Corés, nieto.

—Bueno, bueno, y ya que hablamos de eso, diganos por favor señor Ricardo, ¿qué consejo le daría a los televidentes? —agregó Margarita.

—No sabes el gusto que me da que preguntes eso. Camino acá, justo venía pensando que este país es muy rico y está lleno de oportunidades. Pienso que es mejor estar cansado de trabajar, que estar cansado de buscar trabajo. Hay que ser agradecidos.

Fulan bajó la mirada, pensativo. Esa entrevista era igual a una que habían transmitido hace medio año. En es entonces aun rentaba con doña Eduviges y él sentía que todo en su vida marchaba más que perfecto. Se sentía generoso y triunfador, veía su cara frente al espejo mientras se arreglaba para entrar a su turno y veía lleno de orgullo su gafete con su nombre.  Iba al trabajo y volvía a su pequeño departamento, feliz, muy feliz. Pero, luego, un día Fulan llegó sonriente al trabajo y el gerente de tiendas Cortés lo detuvo en la entrada.

—Tenemos que dejarte ir —le dijo —Vamos don Fulan, usted sabe que así son las cosas. No se enoje. Es un recorte estratégico... Por favor firme su renuncia para que le podamos dar su liquidación.

Fulan recordaba cómo los primeros meses en que falló en el pago de la renta, doña Eduviges lo había mirado comprensiva y hasta le había dicho que no se preocupara, que así eran las cosas. Pero, con los días, los encuentros casuales por los pasillos del edificio o la calle se hacían incómodos. Doña Eduviges le sonreía y deslizaba palabras y sugerencias, según ella muy sutiles, sobre el retraso en la renta. Fulan intentaba hacerse el desentendido, luchar contra su propia vergüenza y sentimiento de ineficiencia como ser humano.

—Qué gusto verlo, don Fulan. ¿Cómo va eso del trabajo? —decía a veces doña Eduviges.

—Hola... qué gusto verla... Pues, verá, no me contrataron, no quieren contratarme por lo de la edad... pero le voy a pagar todo, se lo juro —respondía él.

—No, no, no se preocupe, no hace falta. Qué es un mes más o un mes menos. Usted tómese su tiempo, al fin y al cabo, casi somos familia, ¿no?

Al final la situación se tornó insoportable y entre los comentarios de doña Eduviges y las negativas de Grupo Cortés de darle su liquidación porque él había firmado su renuncia, Fulan se vio obligado a ir a pedir asilo a la casa de su hermana menor.

Ella lo recibió como él esperaba, con los brazos abiertos, una sonrisa fraternal y palabras de aliento y consuelo que lo hicieron sentir resplandeciente. Hasta la fecha él no tenía nada que reprocharle. Su hermana se había portado de maravilla, incluso mejor de lo que él esperaba o había podido imaginar, pero, igual que con doña Eduviges, él notaba el cansancio en su hermana y su familia con las constantes negativas de trabajo, de su poco dinero aportado a la casa.

—Y para terminar, las autoridades han reportado más casos de robo de ángeles de la guarda —dijo Margarita viendo fijamente a la pantalla.

—Qué horror —dijo Ricardo, y agregó —Por eso aprovecho el espacio para anunciar que Grupo Cortés tiene un nuevo servicio de extirpación de ángeles de la guarda para que los puedan guardar en una bella urna personalizada o con decorados de los programas más populares de nuestro canal.

—Qué maravilla, don Ricardo. Sin duda los espectadores agradecerán tan buena noticia.

—Lo mejor es que pueden estar seguros de que ese servicio tiene la garantía de estar respaldado por grupo Cortés.

Fulan se hundió en su asiento, perplejo y aterrado por lo que había escuchado. “Estaban robando ángeles de la guarda”. Ya había perdido muchas cosas en el monte de piedad donde poco a poco había visto ir desapareciendo sus pertenencias con cada “gran préstamo en pagos chiquitos”... Y ahora esto, y ahora se sentía en riesgo de perder lo poco que le quedaba, lo más intimo y personal.

Rápidamente apuntó los datos de la clínica que aparecían en pantalla y se lanzó a la calle en su búsqueda.

En el camino era atosigado por la idea de que allá afuera estaba el peligro y la soledad. Era una idea imlacable que sólo se detenía cuando Fulan se cruzaba con los hermosos anuncios que decoraban las calles de la ciudad y parecían hablarle: “Sea feliz, sea Carriso, compre pantalones Carriso”, “Usted es especial, usted merece un contenedor de ángeles Special”.

Cuando Fulan llegó a la clínica, se quedó viendola durante un largo tiempo. Era un edificio pequeño, pintado de blanco y con el logotipo de Grupo Cortés sobre una de las paredes.

Ya dentro de la clínica, Fulan se acercó tímidamente a la ventanilla mientras contaba repetidas veces su dinero. Temía haber contado mal y estrellarse contra una negativa. Miró una hoja pegada sobre la ventanilla, llena de precios. Y pidió la extirpación de ángel. La dependienta le preguntó si quería una urna personalizada o alguna de uno de los programas estrella de canal Cortés. Fulan meditó durante un tiempo, congelado en la helada vida, viendo los precios de la hoja, hasta que apretando su dinero, pidió la más económica.

“Lo importante es proteger al ángel”, pensó Fulan.

El proceso fue veloz. En poco tiempo el doctor se asomó por una puerta y llamó a Fulan. Colocó la urna cerca de la camilla y le explicó el procedimiento mientras le mostraba hojas con esquemas e imágenes de pequeños seres alados. Le aseguró que el proceso era sencillo y seguro, usando estas palabras todo el tiempo para finalizar sus explicaciones, como si fueran un mantra: Sencillo y seguro.

Fulan se desnudó, el doctor lo sedó y poco a poco, Fulan se fue quedando perdido en la oscuridad.

Cuando Fulan despertó, el doctor le entregó una urna cerrada y la llave de seguridad.

—Gracias por confiar en nosotros y en Grupo Cortés —dijo el doctor.

Fulan volvió feliz y aturdido, sordo por el estruendoso silencio de su ángel. Iba a la casa de su hermana, sumergido en la vida cotidiana que parecía girar a su alrededor, llena de gente, llena de anuncios y publicidad, llena de basura esparcida por las calles y llena de personas yendo y viniendo del trabajo. Fulan iba deseoso de poder presumir la urna a su hermana y descubrir por primera vez su ángel de la guarda ante todos.

Al atravesar la puerta de la casa, lo primero que pudo escuchar fue el ruido de la televisión que volvía a chorrear la voz de Ricardo Cortés.

—Yo no podía saber que la clínica era un fraude. Lo siento profundamente por quienes fueron y me disculpo, pero, carajo, tienen que aprender a revisar las cosas por ustedes mismos.

Atorado entre la puerta y su miedo, Fulan abrió lentamente la urna. Esperaba que todo fuera un error, que Ricardo estuviera hablando de otra clínica, que ahí estuviera su ángel, pequeño y contorsionado, pero la urna estaba vacía. Y mientras la televisión seguía chorreando palabras mecánicas y los anuncios inundando la ciudad, Fulan pensaba una y otra vez: así es esto, así es esto...

jueves, 23 de abril de 2026

Libro: Relatos, rutinas y otras simulaciones

Segundo libro de la cartonera, publicado tras varios años de mutismo editorial y cartonero. Esta nueva colección de relatos es el retorno del proyecto. El formato de maquetación ha cambiado. Los ideales cartoneros se han conservado y ampliado, multanimes y horizontales. El libro pertenece a la colección Mazorcas podridas y reúne relatos escritos entre 2018 y 2023, periodo en el que el autor corrigió y trabajo en torno a estos textos —de forma casi obsesiva— que poco a poco fueron construyendo la antología de 13 relatos que hoy aparece bajo el título "Relatos, rutinas y otras simulaciones".




    Contenido:

-El canguro aviador
-Últimas despedidas
-Un asunto literario
-Los hábitos
-Piel de Chan
-El dios secreto
-Doña Carmen o Los recuerdos de cartón
-En el corazón de Lot
-Jonás
-Huele a perro muerto
-Amor sobre el camellón
-El solucionador de problemas
-Duende



viernes, 20 de marzo de 2026

Piel de Chan (Por Tlacaelel Marin Villafaña)

Desde temprano la casa quedó vacía. La rutina de hace cuatro meses había transcurrido con normalidad: mi papá en la cocina discutiendo con mi mamá. Molesto, le recriminaba que ella siempre tiene que solapar mis berrinches y huevonada. Luego, mi hermana distante y condescendiente, acusándome de ser el único culpable de las peleas entre nuestros padres. Siempre la escuchaba estoico, envuelto en mis sábanas, silencioso. Tan pronto la oía a acercarse por la mañana, lista para empezar con sus reclamos, me envolvía en las sábanas y le daba la espalda. Ella empezaba a hablar y yo la dejaba soltar su retahíla repetitiva. Todos los días apretaba mis dientes y contenía las ganas de contestarle, pero esta vez agregó algo nuevo y me dijo: “No te hagas pendejo, sabemos que te masturbas en la noche. Todos escuchamos tu pinche ruido, puerco”. Y mi silencio terminó. Ya no pude contenerme más y tampoco quise. Aventé las sábanas a patadas y me paré indignadísimo... Le grité. No recuerdo muy bien qué, pero su respuesta fue dar media vuelta y salir con un gesto de indignación de mi cuarto (y cuarto es un decir, porque tres de las paredes son roperos).

Después de eso volví a meterme a la cama, feliz de la pequeña victoria. A través de uno de los roperos alcanzaba a escuchar a mi papá decir que yo no me contentaba con ser un nini, sino que encima hacía más de cuatro meses que no me dignaba a salir ni a la esquina. Eso era francamente una mentira, tenía justo cuatro meses, había llevado la cuenta en mi cabeza como parte de mi bitácora.

A las 7:30 la casa al fin quedó vacía. ¡Libertad!, ¡libertad!, pensé, aun envuelto en mis sábanas, inmóvil hasta estar seguro de que nadie iba a regresar. Finalmente me paré y vestí frente al único espejo que teníamos, uno grande y con un marco de madera, regalo de mi abuela. Estar ahí, parado frente al espejo siempre era un proceso doloroso, pero necesario. Revisaba mi reflejo palpando con las yemas, y me parecía frustrante que nadie fuera capaz de notar que el del reflejo no era yo. Varias veces le había pedido a distintas personas que me miraran atentas y dijeran si veían algo extraño en mi piel, si no se me estaba cayendo o pudriendo, si no era como si me quedara mal, pero siempre me daban respuestas negativas. No seas tonto, esa es tu piel, me decían. Era como si no lo notaran o no lo quisieran notar, o estuvieran ciegos. No seas tonto, esa es tu piel, era lo único que sabían responder todos. Esa es tu piel, esa es tu piel, esa es tu piel… Finalmente terminé por resignarme. Sólo yo podía ver y entender lo que le pasaba a mi no-piel. Empecé a llevar el registro de lo que le pasaba a esta cosa que de ninguna manera podía ser mía... Había veces que no lo soportaba y terminaba por fastidiarme y arañaba o soltaba puñetazos contra el pellejo que traía encima y que todos burlonamente insistían en que era mi piel. Atacaba a mis mejillas y mi vientre, una y otra vez, hasta sentirme satisfecho, libre y sano. En cualquier momento la piel que golpeaba iba a desgarrarse como tela y yo sería libre. Pronto podría quitármela.

Terminada la revisión fui a desayunar. En la estufa mi papá había dejado un pocillo con café frío. Desde que mis compañeros de escuela me habían hecho dar cuenta de que esta no podía ser mi piel, había empezado a tener la misma pesadilla, noche tras noche. Así que dormía mal y despertaba empapado en sudor, como si me derritiera por dentro, sofocado de no poder salir de esta cosa grasosa. En la pesadilla yo estaba sentado en un pupitre, solo, hasta que de repente aparecían monstruos ataviados con pieles humanas danzando entre cocodrilos y hermafroditas. Yo los miraba espantado y luego feliz. Sin darme cuenta echaba a correr hacia ellos y me unía al baile, pero de repente todos, monstruos, hermafroditas y cocodrilos empezaban a reír. Yo me petrificaba y veía que me señalaban.

Tomé el café y salí a pasear por la azotea. Me asomé a la calle y vi a la gente que pasaba. Me preguntaba si alguna de esas personas podría ver lo falso que era este pellejo si saltaba frente a ellas y les decía ¡mírenme! Quiza... responderían lo que todos... Empezaba a calentar el sol cuando me escondí en el cuarto que mi papá nunca pudo terminar. Era uno de mis lugares favoritos porque sólo ahí podía ver a las vecinas lavar su ropa. Ahí, en cuclillas, me gustaba ver los tendederos llenos con sus pantaletas al sol, su pecho mojado, sus muslos descubiertos. Estuve ahí como lagarto mucho tiempo, hasta que me aburrí. Estaba fastidiado de la casa, del encierro, de mi hermana, de la manera en que mis padres y todos insistían en engañarme diciendo que mi piel era real. Estaba tan fastidiado que quise volver a salir.

Caminé sobre la banqueta nervioso, decorosamente enfundado en ropa holgada y gruesa, quería ocultar lo más posible mi falsa piel. Tenía miedo de que se repitiera lo de la escuela, de que alguien me viera y me dijera lo mismo que mis compañeros. Algunas veces que creía que ya no iba a poder soportarlo y arrancaría mi piel para brincar sobre cualquier persona y desollarla, listo para vestirme con una nueva piel, como si fuera Xipe-Totec. Muchas veces había espiado a mi hermana mientras se vestía para ir a la escuela, imaginando que le arrancaba la piel que caía a girones lista para ponérmela y danzar con ella puesta, feliz, muy feliz, porque ya nadie señalaría mi pellejo lacerado y quemado, y entonces todo sería mejor y podría regresar a la escuela.

Llegué al bosque Tlahuac y me puse a merodear por los estanques. Estar ahí, tan cerca del agua, mirando a los patos y respirando el aire fresco de los árboles, me hacía sentir tranquilo y en paz, como cuando mi abuela contaba por qué nos apellidábamos Chan del agua. Di varias vueltas por los estanques, me preguntaba si podía meterme y nadar con los patos, hasta que escuché una risa. Alguien lo sabía. Busqué nervioso a la persona que reía, hasta que escuché más risas. Todos lo sabían. Todos sabían lo que había debajo de mi ropa, todos sabían que esta piel empezaba a pegárseme y se burlaban igual que en la escuela. Las risas no dejaban de sonar. Eché a correr histérico, con las risas persiguiéndome acompañadas de miradas apabullantes, de dedos que me señalaban secretamente, de voces que murmuraban divertidísimas. Todos me seguían.

En mi huida derribé a una muchacha. Ella empezó a quejarse del golpe. Algunas personas nos miraron- Ella me decía que me fijara, pero yo lo sabía, ella también se había dado cuenta de mi piel. Entre sus reclamos escondía burlas, como si tuviera dos voces. Notaba sus murmullos entre sus gritos. Se reía de mí, se reía de mi falsa piel que cada vez se me pegaba más. No te engañes, pronto no te la podrás quitar, decía. Me levanté y eché a correr, esquivando a las personas. Todos ahí se habían dado cuenta. Salí corriendo del bosque. Atravesé calles y esquivé personas y carros que pitaban cuando me atravesaba. Sólo quería llegar a casa. Las risas, las burlas secretas, me perseguían.

No me detuve hasta que llegué al zaguán de mi casa. Me quedé ahí, jadeando, recargado contra la puerta con las piernas temblorosas, rascando con fuerza mi brazo, y sin querer empecé a llorar.




*Relato publicado originalmente en la revista digital Poetripiados en 2021. Esta versión presenta correcciones.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Luzbela, de Arqueles Vela, último libro de un estridentista

 Esta es sin duda la última novela que escribió el gran autor vanguardista Arqueles Vela, y la segunda en ser publicada, pues después de esta se publicó El intransferible en 1977, aunque se había empezado a escribir en 1925. Luzbela es una de esas obras inclasificables que solía entregar Vela, pues a veces se cataloga como novela, otras como antología de cuentos y al adentrarse en las páginas de este libro, el gozo y la sensación de collage evocan al ensayó de La teoría abstraccionista: “Lo real y lo natural en la vida es lo absurdo. Lo inconexo. (...) Nuestra vida es arbitraria y los cerebros están llenos de pensamientos incongruentes”. Pero, lo que podría dar un indicio de este libro, es el mismo subtitulo del libro: novelerías. Como escribe Vela en el primer capítulo de este libro:

 

“Al verla desaparecer, el gentío la abandonó en sus correrías... sólo yo la seguí, apegado a sus pasos...

Entonces comenzaron las novelerías... Las habladoras de la ciudad y del campo, apeñuscadas en las cuatro esquinas, inventaron su historia con palabras...

Es una ladrona... se roba la luz a la media noche...

Y en tanto que ella se adueñó de la luz, nadie se atrevía a transitar por las calles, temeroso de ofuscarse con las sombras que proyectaban sus luces...” (p.19-20).

 

El libro se compone de seis novelerías o cuentos o relatos, cada uno con diferentes temáticas, pero conservando el periodo de entre-guerras como el fondo de las historias, donde la incongruencia, los neologismos y la dificultad de comunicación se mantienen en todos ellos. Las novelerías son:

 

1) Luzbela

2) Las chisperas

3) Las medianoches

4) Una mujer impresionista

5) Las tres gracias

6) Los sueños

 

 

LUZBELA

Este texto funciona como introducción y a la vez como narración individual. En esta, el narrador se presenta como alguien extravagante e incomprendido que buscaba una identidad y un lugar al cual pertenecer. El narrador que nunca revela su nombre quiere ser un “personaje”, por lo que intenta entrar a un circo, pero lo rechazan. Vive algunas cosas hasta que, volviendo a un nuevo circo, conoce a una mujer que predice el futuro, él se obsesiona con ella y la libera. Cita del capítulo:  Yo anhelaba saber quién era yo mismo; cuándo llegaría al final de mi destino, quién me esperaba en la encrucijada, dónde terminaría mi tránsito.

 

LAS CHISPERAS

Este capítulo es curioso, pues pareciera ser un texto semi autobiografico por algunos elementos que evocan la estancia del autor en España. El texto, casi una picardía, cuenta una serie de anécdotas del narrador entre las que hay una pelea por unas mujeres, una serie de visitas una librería donde el narrador y sus amigos nunca compran ningún libro y los leen ahí mientras sostienen discusiones literarias con la vendedora que brillantemente dice: ... una obra clásica es aquella de la cual todos hablan... sin haberla leído...”. En este capítulo abundan referencias y menciones a García Lorca, Amado Nervo, Lautréamont, Cervantes, Machado, etc, incluso referencias a las revistas donde el autor trabajó como Revista de Revistas.

 

LAS MEDIANOCHES

La primera parte de este texto pareciera guardar cierta continuidad con LAS CHISPERAS, ayudando a la idea de que el libro guarda unidad, pues se menciona la expulsión del narrador de España y su encuentro con una mujer misteriosa que evoca a la adivina de LUZBELA. Recalco la frase de “Empezamos, como en todos los viajes, por sustraernos a la idea de la comodidad, proponiéndonos llevar a todas partes lo imprevisto de nuestras ilusiones...”. En esta novelería pareciera estar de fondo Alemania. El narrador se involucra con diferentes mujeres, principalmente prostitutas, reflejando en este texto una consecuencia social del periodo de entre-guerras. Al final hay una especie de relato mítico donde de una diosa/demonesa surgen las demás mujeres, evocando nuevamente la figura de Luzbela.

Otra parte digna de cita es: Andaba solo, en pos de nadie, en busca de algo...
Además, sabía desde antes que no encontraría más de lo que existe... Sin embargo, caminaba ilusionado...
Así, entregado a la romería continué a lo largo del camino serpentuoso, andando lentamente, como un perseguido, errante, a quien intentan convertirle en sedentario...” (p.125).

Creo interesante señalar como una curiosidad, que, en este texto, en el capítulo XII, Vela repite un recurso que usa en El Intransferible donde haciendo un recuento del tiempo va describiendo una situación social.

 

UNA MUJER IMPRESIONISTA

Este es de los textos más cortos del libro. Es en grosso modo, un relato erótico surrealista donde el narrador y sus amigos decoran a una amiga suya con inclinaciones artísticas y una gran devoción por la pintura.

 

LAS TRES GRACIAS

Es un texto donde se cuenta la historia de tres hermanas que parecieran ser inmortales y existir desde la época de Pompeya, narrando poco a poco el origen mítico de las tres hermanas que no suelen separarse, al grado de que cuando una se iba a casar, las tres le proponen al hombre que se case con todas. El narrador se encuentra con una de ellas y el resto del texto se desenvuelve en un dialogo donde se intenta adivinar la identidad de la mujer.

 

LOS SUEÑOS

La última novelería del libro, en la que se retoma la historia de Luzbela. El narrador pareciera ser el mismo de Luzbela, y estar enfrascado en una vida de vagabundeo en la que, volviendo a la intertextualidad de otras novelerías, se mencionan a personajes como Francois Villon.

 

“Como siempre, cuando se trataba de comprobar la realidad, comencé por tactear en mis sentimientos y en el pensamiento de los demás, para dar al cabo de los atados y atajos, con un mundo insospechado, insólito, inaudito, invisible; y no obstante, visible, audible, táctil, gustable y olisqueable, en el transcurso de la vida cotidiana...” (p.172).

Es aquí donde se descubre que el protagonista es Androsio, cosa que es interesante si estás familiarizado/a con la obra de Vela, pues este personaje es nombrado en El café de nadie, aparece en El Picaflor, El Intransferible y algunos Cuentos del día y de la noche. Gran parte de esta novelería final es Luzbela contando sus sueños, casi esotéricos, en los que se va revelando como una suerte de hechicera.

 

 


El libro es una de esas curiosidades editoriales y literarias que lamentablemente han ido quedando al margen del mundo cultural, y de la historia de la literatura, pues la obra de Vela es riquísima en metáforas, neologismos y reflexiones sociales sobre los distintos contextos que hay. Leer esto es verdaderamente grato y entretenido, te sumerges en un entorno donde las subjetividades del mundo exterior que nos influye se muestran como interpretaciones “sensitivas”, a veces casi oníricas, reflejando la incapacidad de comunicarse en la acelerada urbe, la complejidad de las relaciones sociales.

Si acaso le pondría el pero del constante trato casi sexualizante a las mujeres.

La edición que yo leí es la segunda, por lo que ignoro si guarda alguna diferencia con la primera, más allá de las portadas.

sábado, 25 de octubre de 2025

LOS HÁBITOS (por Tlacaelel Marin Villafaña)

 Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esa noche era la noche de bodas. En todo el reino de Harden-Hickey, las personas elegantemente vestidas hablaban de lo afortunado que había sido el príncipe al encontrar una doncella dispuesta a desposarse con él, encima, fortuna aún más grande, ¡en uno de sus propios jardines!

Mientras paseaba dando grandes zancadas, frente en alto, pretendiendo que los días de comer insectos en los pantanos estaban atrás, muy atrás, suficientemente atrás como para sentir recuperada su aristócrata dignidad, vio a una espalda de flor oculta entre las nomeolvides.

El príncipe, al ver el duro cuerpo y doble par de alas de aquel insecto, sintió el atroz y antiguo impulso de saltar sobre ella y masticarla. Pero, el suave y tierno sonido de su voz suplicante que dijo “por favor, no me comas”, lo hizo recapacitar y tomarla tierno entre sus dedos. Perdido en su verde desnudez, y aún consciente de los hambrientos saltos que su lengua daba en su boca, la besó.

Apenas la doncella dejó su artrópoda forma, los dos iniciaron una relación donde los paseos en carroza, las largas caminatas y charlas no faltaron. En esta conversación enternecedora la doncella descubrió que el príncipe era un hombre de costumbres arraigadas, pues era común que se desnudara y zambullera en los pantanos y ríos croando feliz, o que inflara el cuello y saltara furioso frente a cualquiera que intentaba cortejarla. Ella veía esto, indulgente, limitandose a menear la cabeza mientras devoraba las flores que el príncipe le regalaba.

Así, los días y las tardes pasaron entre tímidas reuniones hasta que un día, frente al jardín donde su sempiterno romance había iniciado, la doncella dijo que sí a la propuesta de matrimonio del príncipe.

 

Tras una larga fiesta donde las célebres figuras de los reinos cercanos felicitaron a la feliz pareja, los esposos se marcharon a su habitación, consumidos por el nerviosismo y la emoción de la promesa final de la noche. Ahí, a la luz de las velas, ambos se enfrentaron a la confusión de la inexperiencia sexual que se hacía más inquietante con la imagen de sus cuerpos desnudos, aún animales en algunas partes, humanos en otras. Atrapados en el desconocimiento e incapaces de saber cómo proceder, temblaban ensimismados en los recuerdos de su lejana educación antes de sus transformaciones, hasta que un instinto, anfibio para él, artrópodo para ella, vino en su rescate.

Terminado el himeneo, el príncipe acerco su cabeza a su esposa y en un susurro le dijo que la amaba. Ella lo besó una y otra vez, con toda la ternura de la que era capaz, conmovida por la unión de sus almas, y, entre cada beso, mientras recordaba el aroma del incienso y las palabras del sacerdote, daba pequeñas mordidas, devorando tierna y amorosamente la cabeza de su esposo.

Al otro día la noticia corrió: El grito desgarrador de la princesa había atraído a dos guardias que enmudecidos y pálidos encontraron las sábanas y suelo manchados de sangre. Arrodillada, la princesa sollozaba mientras abrazaba el cuerpo decapitado de su esposo que yacía sobre la cama lleno de mordidas.

 

Nadie supo qué clase de loco había matado al príncipe y robado su cabeza, ni mucho menos cuáles habían sido los motivos. Algunas personas, desesperadas por dar con algún culpable, empezaron a señalar a una tribu de blemias cercana, convencidas de que la tribu tenía una envidia y odio incontenibles contra quienes sí tenían cabeza. Otras, levantaron sus dedos contra Copil y sus seguidores, pero ninguna acusación dio frutos más allá de algunos arrestos para placer del público.

Después de eso el tiempo pasó triste, con la viuda destrozada por el asesinato, renuente a enterrar el cadáver de su esposo y obstinada en mantenerlo en su habitación lejos de todas las miradas, bajo pretexto de que así eran los rituales funerarios en su pueblo donde adoraban a Yig.

De vez en cuando, algún indiscreto insensible abordaba a la viuda que solía deambular silenciosa, y le preguntaba cuál creía que era el motivo detrás del crimen, a lo que la princesa respondía intentando ocultar su aliento a carne podrida:

—Los viejos hábitos jamás se olvidan.