viernes, 20 de marzo de 2026

Rayo de luna, por Bernardo Couto Castillo

Bernardo Couto Castillo (1879-1901). Escritor mexicano y modernista, fue el infante terrible mexicano por antonomasia junto a Tablada. Colaboró en varias revistas y periódicos, en los que su producción narrativa se dispersó. Autor de un único libro titulado Asfodelos.

    Rayo de luna se publicó originalmente en El Nacional bajo el título "A la luz de la luna (Pesadilla)" en 1897, número 3. Posteriormente fue coleccionado en Asfodelos con algunos cambios en el relato.







Rayo de luna



Para Amado Nervo

Para el barón Salvador de Maillefert


Estoy en un hospital de alienados. Todo mi síntoma, toda mi locura es declarar lo que he visto e insistir. Ninguno como yo comprende lo extravagante y lo inverosímil de mi narración; yo mismo he dudado y me he creído juguete de una alucinación; pero siempre, después de muchas dudas, he llegado a la misma conclusión: mi narración es cierta, terriblemente cierta, y de ella me ha quedado una impresión de espanto presta a despertarse a cada momento. La noche silenciosa y melancólica; la noche en la que antes gustaba vivir sintiéndome solo y despierto cuando los demás dormían; la noche consejera llena de murmullos silenciosos y de encantos apacibles; la noche antes querida, me es hoy odiosa. Todo ruido, todo movimiento, las carreras de un ratón, el aleteo de una mosca, una puerta crujiendo, un soplo de viento, los gritos dolorosos o desesperados de los locos, todo me causa sobresalto y me inspira angustia porque creo que ella vuelve.

        ¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, ni quién lo sabrá jamás! Nada sé, nada puedo explicar sino que aquello ha sucedido y me ha dejado una impresión inolvidable que probablemente me conducirá a la locura.

         Era en la noche, en diciembre. Yo había trabajado muchas horas y al fin la fatiga me rendía. Todo estaba en silencio, un silencio de tumba; todo estaba oscuro: una oscuridad de muerte, y sólo la luz amarillenta de mi pequeña lámpara hacía brillas el papel. A uno lado, el reloj latía contando la marcha del tiempo y llenándome de alegría. Dentro de mí todo estaba también en calma; sólo mi corazón, los latidos de mi corazón respondían como un eco al tic-tac de la pequeña máquina.

        Dejé mi mesa para entrar al lecho, y como apagara la luz, todo quedó negro y cerré los ojos esperando dormir. Una hora, dos horas pasaron así en el silencio y la oscuridad; un calor sofocante me devoraba, y abriendo los ojos, busqué la luz... todo estaba negro, todo oscuro.

        Inmóvil, comencé a pensar. La oscuridad, la noche, el silencio, todo me conmovía y me inquietaba sin saber por qué. Un terror estúpido de lo misterioso se apoderó de mí: el silencio, la noche, la oscuridad, ¿es que acaso no eran la muerte? ¿Vivía yo?

        ¿Existían el movimiento, la luz, los hombres? ¿No vivía tan sólo en un sueño? Yo mismo reía de mis necias preguntas y escuché... Nada, un silencio completo. Fijé aún más mi atención esperando sorprender un murmullo lejano, el aleteo de una mosca, el tic-tac de mi reloj... el mismo silencio, nada llegaba a mí y pensé en la muerte universal, en la ruina del mundo. Me creí solo, horriblemente solo, y entonces quise escuchar los latidos de mi corazón... tampoco, todo estaba en silencio, todo dormía, mi soledad era completa.

        Mi angustia iba creciendo, cuando la luna salió, y una luz clara, tranquila, diáfana, llenó mi cuarto; los rayos más brillantes caían sobre un gran edredón rojo que en mi sueño había dejado caer y que extendido parecía recibir el sueño de la luminosa, vieja de muchos siglos.

        Por la ventana veía brillar miles de astros que dejaban caer sobre la Tierra su ceniza de oro, y la nieve brillaba como un inmenso manto de plata; en los árboles, sobre sus ramas erizadas y secas, reposaba algo como inmensas botas transparentes. Yo me sentía alegre, contemplé largo rato el rostro de la luna, recorrí las estrellas, y nuevamente enamorado de la noche, volví a la tranquilidad.

        A la tranquilidad no, porque ignoro la influencia que sobre mí operan las bellas noches; el caso es que por completo me cambian; siento mi cuerpo más ligero, mi inteligencia más alerta, mis sentidos y mis deseos más despiertos, y al mismo tiempo lleno de curiosidades pueriles.

        ¿Qué seres morarán en esos astros, para nosotros fuegos de hermosura hechos para alumbrar las noches de amor? ¿Tendrán poetas, cantarán historias, serán felices? Cuántas cosas pensaba, mirando sus luces que me atraían, y cuántos deseos sentía de salir, aspirar el aire perfumado, hundir mis pies en la nieve, y así, caminar muchas horas como lo había hecho otras veces, con la mirada fija en las estrellas, el ánimo tranquilo, la mente despierta, sintiendo deseos de amar, de amar bajo la radiosa claridad de la luna.

        Entonces, ¡ah!, lo que entonces pasó, cómo describirlo, cómo expresar lo que sentí, el espanto que me causó escuchar un suspiro, muy lento, muy prolongado, muy largo. Si no hubiese estado en mi lecho, seguramente me hubiera desplomado, de tal manera me sacudía y temblaba; pero mayor fue mi espanto y más grande mi angustia, cuando al volver el rostro —no sé cómo tuve valor— vi, ahí, extendida sobre el edredón rojo, una forma blanca, una forma de mujer a quien los rayos de la luna bañaban.

        Después de mi primer espanto creí engañarme y volví los ojos al suelo mirando con atención... no, no me engañaba! Una mujer vestida de blanco, con los cabellos sueltos, parecía dormir; veía perfectamente el latir pausado de su pecho, y a mí, a mis oídos llegaba su respiración suave y tranquila.

        Yo quedé sin movimiento, sentado en la cama —no sé cómo me había incorporado— apoyado sobre un brazo y mirando, mirando inmóvil de terror; mirando sin pensar en nada, casi sin darme cuenta, tal era mi abrumamiento de lo que pasaba; viendo una figura blanca, una figura de mujer destacándose sobre el rojo del edredón que se hundía bajo el peso del cuerpo.

        Un suspiro prolongado, muy largo y muy penoso, más largo, ¡ah!, ¡sí!, que el primero; un suspiro; un suspiro que hizo pasar por mí, por todo mi cuerpo, por mis huesos, por mi sangre, por mi piel, algo que no puedo definir, algo, ¡oh Dios!, que aún no sé cómo no me mató.

        La mujer había abierto los ojos y me miraba fijamente, aunque con indiferencia; parecía ver y no mirar; en su expresión había tristeza, una gran tristeza, y su palidez era grande, tan grande como debía ser la mía. Sus ojos se clavaban en los míos, nuestras miradas se encontraban; las de ella tranquilas, las mías... yo no sé, ni podre nunca saber cómo eran las mías. ¡Ah!, ¿quién podrá expresar la horrible opresión que yo en ese momento sentía? ¿Quién podrá comprender el terror producido por las miradas fijas de un ser —¿era ser?—, qué era, qué era?, ¡oh, Dios!... Pretendía hablar, dirigirle la palabra, interrogarla tal vez, y de mi garganta sólo salían sonidos casi imperceptibles.

        Volvió a suspirar con más pena que antes; su suspiro era más, cada vez más prolongado —ese suspiro duró una eternidad para mí.

        ¿Cuánto tiempo estuvimos así, ella con los ojos fijos en mí con indecible expresión, y yo viéndola inmóvil, sin poder hablar? Para mí fueron muchos años de sufrimiento; mi corazón latía violentamente y después parecía muerto; sentía un frío horrible y por mi frente corría el sudor.

        Luego la luz que la bañaba desapareció, quedó todo en tinieblas y ella ahí; yo no la veía, pero la sentía, la adivinaba tendida a mis pies, mirándome con sus grandes ojos exageradamente abiertos.

        Se levantó; yo la sentí, yo vi su manto blanco ir a la ventana; luego nada, silencio, oscuridad y terror, un gran terror en mi alma.

        Sin saber por qué impulso llevado salté del lecho, grité con todas mis fuerzas, con mis fuerzas antes muertas, y las gentes de la casa acudieron en tropel, mirándome asombradas.

        Hice recorrer toda la casa, escudriñé mi ventana colocada a gran altura; todo, todo estaba cerrado, nadie podía haber pasado por ahí, nadie, nadie, nadie!

        Esperé el día lleno de impaciencia y de terror, sin querer volver a mi cuarto; lo esperé paseándome de un lado a otro y conteniendo con las manos mi corazón para que no saltara, porque hería, golpeaba como si quisiera salirse. ¡Oh!, la noche atroz, la larga noche, inmensa, eterna!

        Al fin el día llegó, yo lo esperaba como se espera a la salvación; con él me llegó la tranquilidad; pensé en un sueño, en una alucinación y volví a mi cuarto.

        Lo primero que a mis ojos saltó fue el edredón rojo extendido... el edredón rojo que conservaba las señales del cuerpo reclinado sobre él y que los rayos de la luna habían bañado.

        No pude más, lanzando un grito, perdí el conocimiento.

        Después me han traído a esta casa, a esta casa de loco, y yo no lo estoy; he visto con mis ojos, los suyos grandes, fijos en mí; he escuchado sus suspiros prolongados y penosos. No estoy loco, no... y pensar que esa mujer puede volver aquí, a esta casa!

        No estoy loco, no... La noche me es odiosa; cuando la veo llegar tiemblo... y ella puede volver aquí, tal vez cuando la luna vuelva.

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